El ventrílocuo: en pos de la identidad y sus metamorfosis
Ganador del premio Xavier Rojas a la mejor dirección de teatro de búsqueda por la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro (2006), Boris Schoemann dirige El ventrílocuo en Teatro Casa de la Paz de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)
Centrada en el tema de la identidad y las posibles dimensiones de la misma, la obra del dramaturgo quebequense Larry Tremblay semeja un juego de cajas cuyo contenido develará la presencia de nuevas cajas convertidas en inquietantes interrogantes para el espectador
Sin diferencia de credo, género y hasta de circunstancia, el problema de la identidad cruza todas las latitudes del planeta para convertirse en la cuestión más universal presente entre la juventud contemporánea, afirma Boris Schoemann, traductor y director de la puesta en escena El ventrílocuo, del dramaturgo quebequense Larry Tremblay, cuyo planteamiento sobre el tema “es inquietante”.
La obra propone toda suerte de metamorfosis en los protagonistas, a partir del duelo o rivalidad que sobre la creación artística, en este caso literaria, enfrentan un par de hermanos alejados del mundo de sus padres, con quienes “no se entienden, no se escuchan, no se hablan”. Ellos acuden al auxilio de un psicoanalista a fin de encontrar respuestas al “extraño” comportamiento de su hija, dispuesta al encierro para “escribir la más bella novela del mundo”.
¿Quién psicoanaliza a quién? Este es el dilema planteado por el autor que, como indica el texto, “revela la trama con la metáfora de las capas de la cebolla, en la que poco a poco se va desarrollando el misterio, el corazón del asunto, que se descubre hasta el final, lo cual cambia toda la visión de la obra”.
El ventrílocuo, enfatiza Schoemann, ofrece una “progresión dramática, a través de la cual los actores pasan por todas las emociones”, dentro del hermetismo de una habitación; así, sobre el montaje acota: “se trata de una farsa que recurre exclusivamente a los medios que provee el hecho escénico; es decir el teatro que sugiere pero no ilustra, que abre puertas a engranajes mentales cuyo funcionamiento (el ser humano/espectador) no se está acostumbrado a interpelar”. El ventrílocuo constituye una puesta en escena “inquietante y lúdicamente perversa”.
Tremblay así lo expone: “poner en escena dos bocas cuando sólo una habla verdaderamente, El ventrílocuo está construida como si hubiera dos cuerpos para un solo personaje, o dos personajes para un solo cuerpo.
“La obra parodia también el psicoanálisis, porque el psicoanálisis se basa, de algún modo, en la teatralidad. Su propósito es quitar máscaras, pero para lograrlo también tiene que tener alguna; y, sobre todo, ser consciente del funcionamiento lúdico del ego.
“La búsqueda de identidad en El ventrílocuo tiene una estructura de cajas: una caja contiene otra y ésta otra, y aquélla otra más… Ese descubrimiento sucesivo transforma el continente en contenido y viceversa, hasta su desaparición última”.
Acaso dicha progresión resulte en la operación mediante la cual el alma y la unicidad del ser queda al descubierto, o desnuda.
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