EL LUCERO
*Mihail Eminescu
Mihail Eminescu nació en 15 de enero de 1850, en Botosani, en el principado de Moldavia, en el nordeste de Rumania. En julio de 1833 sufre una enfermedad (física y mental) que lo obligará a alejarse de la vida cultural. En 1884 aparece Poesii de Mihail Eminescu, que incluye 64 poemas, con prólogo de Titu Maiorescu. Éste señala que el volumen recoge los textos publicados durante los últimos doce años en la revista Convorbiri Literare, además de algunos inéditos que sólo existían en manuscritos o en posesión de personas cercanas al poeta. Morirá Eminescu en 1889.

Por primera vez se publica en español ese libro que vio la luz en Bucarest, en 1884. Bajo el sello de Cátedra, en su colección Letras Universales, se edita en este 2004, en Madrid, Poesías, de Mihail Eminescu (528 pp.). En edición bilingüe, las versiones en castellano pertenecen a Dana Mihaela Giurca y José Manuel Lucía Megías. La introducción es de los traductores, el proemio de Mircea A. Diaconu.

Gracias al permiso generoso de la editorial Cátedra ofrecemos a nuestros lectores en versión bilingüe el que quizá sea el poema más famoso de Eminescu.

Érase una vez, como en los cuentos, 
érase una vez, como nunca, 
de una gran familia imperial, 
una muy hermosa doncella.

Y era la única de sus padres 
y maravillosa por todo, 
como la Virgen entre los santos 
y la luna entre las estrellas.

Por la sombra de grandiosas bóvedas 
ella encamina sus pasos 
hacia la ventana, allí en la esquina 
donde el Lucero está esperando.

Miraba cómo por el horizonte del mar 
surge y resplandece, 
cómo por las sendas agitadas 
guía negros veleros.

Lo ve hoy, lo ve mañana, 
y así termina por desearlo; 
y él, mirándola durante semanas, 
cae rendido ante la doncella.

Mientras ella apoyaba en las palmas, 
soñando, su cabeza, 
de amor por él su corazón 
y su alma se colman.

Y con qué viveza él surge 
en cada atardecer, 
hacia la sombra del negro castillo 
cuando ella se le aparece.

Y paso a paso tras sus huellas 
se desliza en su alcoba,
tejiendo con sus fríos destellos 
una red de vivas llamas.

Y cuando en la cama se tiende 
para dormirse la niña,
le roza las manos sobre el pecho, 
le cierra las dulces pestañas;

y la luz desde el espejo 
por su cuerpo se derrama,
por sus ojos, que palpitan cerrados, 
por su rostro hacia él vuelto.

Ella lo miraba con una sonrisa, 
él temblaba en el espejo,
pues la seguía en lo profundo del sueño 
para unirse así a su alma.

Y ella mientras duerme le habla, 
y sollozando hondamente suspira:
—¡Oh, dulce dueño de mis noches! 
¿Por qué no vienes? ¡Ven!

¡Desciende hasta mí, tierno lucero, 
deslizándote por un rayo,
entra en mi casa, en mi pensamiento, 
y dale luz a mi vida!

Él escuchaba tembloroso, 
brillaba con más fuerza,
y como un relámpago se lanzaba, 
se sumergía en el mar;

y el agua donde ha caído 
en círculos se agita,
y del abismo desconocido 
surge un hermoso joven.

   

Ligero, como por un umbral, cruza
el alféizar de la ventana,
y aprieta en la mano un bastón
coronado de cañas.

Parecía un joven príncipe
con cabellos de oro, suaves,
un cárdeno sudario se anuda
sobre sus hombros desnudos.

Y la sombra de su rostro traslúcido
es blanca como si fuera cera—
Un hermoso muerto con ojos vivos
que lanzan hacia fuera destellos.

—Con esfuerzo, bajé de mi esfera 
por seguir tu llamada,
y el cielo es mi padre 
y mi madre es la mar.

Para llegar a tu alcoba,
para verte más de cerca,
he descendido con mi claridad
y he nacido de las aguas.

¡Oh, ven!, mi más preciado tesoro,
y abandona tu mundo;
yo soy el lucero de la altura,
sé tú mi prometida.

Allí, hasta palacios de coral,
te llevaré por muchos siglos,
y todo el mundo en el océano
se someterá a tu voluntad.

—¡Oh, eres hermoso como sólo en sueños
un ángel se revela,
pero el camino que has abierto
no voy a seguirlo jamás!

Extraño por el habla y la ropa, 
tú resplandeces sin vida, 
pues yo estoy viva, tú estás muerto, 
y tus ojos me hielan.

***

Pasó un día, pasaron tres 
y otra vez, de noche, vuelve 
el Lucero por encima de ella 
con sus rayos serenos.

Ella mientras estaba durmiendo 
debió de recordarlo 
y el deseo por el dueño de las olas 
se apodera de su corazón:

—¡Desciende hasta mí, tierno lucero, 
deslizándote por un rayo, 
entra en mi casa, en mi pensamiento, 
y dale luz a mi vida!

Cuando él la oyó desde el cielo,
se apagó por el dolor,
y el cielo comienza a girar 
en el lugar donde desaparece;

en el aire rojas llamaradas 
se extienden por todo el mundo, 
y desde los valles del caos 
un hermoso rostro se materializa;

sobre su negra cabellera 
la corona parece que arde 
se acercaba en verdad flotando 
bañado por el fuego del sol.

Del negro sudario salen 
sus brazos de mármol,
se acerca triste y pensativo
y con el rostro pálido;

   

pero sus ojos grandes y maravillosos
brillan profundos como quimeras,
como dos pasiones insaciables
y llenas de oscuridad.

—Con esfuerzo, bajé de mi esfera 
para escucharte una vez más, 
y el sol es mi padre 
y mi madre es la noche;

¡oh, ven!, mi más preciado tesoro, 
y tu mundo abandona; 
yo soy el lucero de la altura, 
sé tú mi prometida.

¡Oh, ven!, para que en tus cabellos rubios
cuelgue coronas de estrellas,
para que aparezcas en mis cielos
más hermosa que ellas.

—¡Oh, eres hermoso como sólo en sueños
un demonio se revela,
pero el camino que has abierto
no voy a seguirlo jamás!

Me duelen por tu cruel amor
las cuerdas de mi pecho,
y mis ojos grandes y pesados me duelen,
tu mirada me quema.

—¿Y cómo quieres que descienda?
¿Acaso no puedes entender
que yo soy inmortal,
y que tú mortal eres?

—No busco palabras diferentes,
ni tampoco sé cómo empezar—

Aunque me hables muy claro, 
no consigo entenderte;
pero si quieres de verdad 
que termine amándote 
desciende tú a la tierra 
sé mortal como yo lo soy.

—Tú me pides la inmortalidad 
a cambio de un beso, 
mas deseo que sepas sin duda 
lo mucho que te amo;
sí, quiero nacer del pecado, 
sometiéndome a otra ley; 
estoy encadenado a la eternidad, 
pero quiero que me desencadenen.

Y se va... y ya se fue del todo. 
Por amor de una joven 
ha dejado su lugar en las alturas, 
desapareciendo varios días.

***

Mientras tanto, Catalín, 
un astuto joven de la casa, 
el que llena las copas con vino 
a los invitados en los banquetes,

un paje que lleva paso a paso 
el manto de la emperatriz,
bastardo sin padres y abandonado,
pero atrevido en su mirada,

con mejillas como dos peonías 
rojizas, ¡oh, Dios mío!, 
se desliza y acecha silencioso 
mirando a Catalina.

   


 

Pero qué hermosa se ha vuelto, 
¡por Dios!, y qué orgullosa; 
bien, Catalín, llegó la hora 
de probar tu fortuna.

Y la abrazó casi sin rozarla al pasar 
en un rincón con mucha prisa. 
—¿Qué es lo que quieres, Catalín? 
¡Vete y cuida de tus asuntos!

—¿Qué quiero? Querría que no estuvieras 
pensativa durante todo el día, 
que antes rieras y que me dieras 
un beso, tan sólo un beso.

—Pero si no sé lo que pretendes, 
déjame en paz, aléjate de mi vista—
¡Oh, al lucero del cielo 
anhelo tanto que me muero!

—Si no lo sabes, te enseñaría 
poco a poco todo sobre el amor, 
pero no te enojes por esta vez, 
quédate aquí por tu voluntad.

Como el cazador tiende en el bosque 
su lazo a los pájaros, 
cuando yo tienda el brazo izquierdo 
tú rodéame con tus brazos;

y tus ojos sin moverse
permanezcan bajo mis ojos... 
si te alzo por la cintura 
tú álzate de puntillas;

cuando mi rostro se incline a ti, 
hacia arriba levanta el tuyo, 
que nos miremos con ansiedad 
y con dulzura toda la vida;

y para que te sea por completo 
el amor conocido,
cuando me incline para besarte, 
también tú bésame.

Ella escuchaba al joven 
asombrada y divertida,
y avergonzada y cariñosa, 
ya no quiere, ya se deja.

Y le dijo en voz baja: —Desde niño 
yo a ti ya te conocía,
y que charlatán, tan insignificante, 
serías muy apropiado para mí...

Pero un lucero, que ha surgido 
del silencio del olvido,
entrega horizontes sin límites 
a la soledad del mar;

en secreto yo bajo mis pestañas, 
pues me las anega el llanto
cuando pasan las olas del agua 
que viajan a su encuentro;

brilla con un amor inefable 
para ahuyentar mi dolor,
pero se eleva más y más alto 
para que no lo pueda alcanzar.

Entra triste con sus rayos fríos 
desde el mundo que nos separa...
 

Lo amaré siempre y siempre 
estará demasiado lejos...

Por eso los días me resultan 
desiertos como la estepa,
mas las noches son de un embrujo santo 
que ya no puedo entender.

—Tú eres una niña, aún es así... 
escapémonos juntos por el mundo, 
hasta que nos pierdan el rastro 
y nadie recuerde nuestros nombres,

y así, seremos los dos sabios, 
seremos alegres y dichosos,
olvidarás el amor de tus padres
y el soñar con luceros.

***

Partió el lucero. Le crecían 
en el cielo las alas,
y caminos de miles de años pasaban 
en otros tantos instantes.

Un cielo de estrellas por debajo,
un cielo de estrellas, por encima—
Parecía un rayo infinito
errante entre todas ellas.

Y de los valles del caos,
en torno a sí mismo,
veía, igual que el primer día, 
cómo brotaban las luces;

cómo brotando lo rodean igual 
que nadando los mares...
Él vuela, razón llevada por el deseo, 
hasta que todo desaparece, todo;

pues donde llega no hay fronteras,
ni ojos para conocer,
y el tiempo intenta en vano 
nacer del fondo del vacío.

No hay nada y sin embargo hay 
una sed que lo absorbe,
es un abismo semejante 
tan sólo al ciego olvido.

—Del suplicio de la negra eternidad 
líbrame, Padre querido,
y alabado seas por los siglos 
a lo ancho de todo el mundo;

¡oh, pídeme, Señor, cualquier precio, 
pero concédeme otro destino!,
pues tú eres fuente de vida, 
tú eres quien otorga la muerte;

quítame la aureola de inmortalidad 
y el fuego de mi mirada,
y a cambio de todo concédeme 
tan sólo una hora de amor...

Del caos, Señor, he aparecido 
y quiero volver al caos...
y del reposo he nacido. 
Tengo sed de reposo.

—Hiperión, que de los abismos 
surges con un mundo entero,
no pidas signos ni milagros 
que no poseen rostro ni nombre;

¿tú en hombre quieres convertirte, 
parecerte a como son ellos?
Aunque murieran todos los hombres 
nacerían otros hombres de nuevo.

Ellos construyen en el aire 
sus vanos ideales—
Cuando su tumba encuentran las olas, 
otras olas surgen detrás de ellas.

   


Ellos poseen estrellas de la suerte 
y son acosados por el destino,
nosotros ni espacio ni tiempo tenemos, 
nunca hemos conocido la muerte.

Del seno del eterno ayer 
vive hoy el que se muere;
si en el cielo se apaga un sol, 
un nuevo sol se enciende;

aunque parezca salir eternamente, 
le amenaza también la muerte,
pues todos nacen para morir 
y para nacer todos mueren.

Pero tú, Hiperión, permaneces 
dondequiera que te ocultes...
Pídeme mi primera palabra— 
¿Quieres que te dé sabiduría?

¿Quieres que dé voz a aquella boca, 
para que tras su canto
vayan las montañas con sus bosques 
así como las islas del mar?

¿Quieres quizá mostrar por tus hechos 
justicia y autoridad?
Te daría la tierra en pedazos 
para hacer de ella tu imperio.

Te doy mástil junto a mástil, 
armadas para que cruces
a lo largo la tierra y a lo ancho el mar, 
pero la muerte no puede ser...

Y ¿por quién quieres morir? 
Vuelve y encamínate
hacia aquella errante tierra 
y contempla lo que te espera.

***

A su lugar destinado en el cielo
ha vuelto Hiperión
y, como en el día de ayer,
comienza a derramar su luz.

Se pone el sol en el ocaso
y la noche va a comenzar;
surge con tranquilidad la luna
temblando desde el agua.

Y llena con sus destellos
las sendas de los bosques.
Bajo una larga fila de hermosos tilos
estaban sentados dos jóvenes:

—¡Oh, deja que sobre tu pecho
descanse mi cabeza, querida mía,
bajo los rayos de tus ojos serenos
y de inefable dulzura!

Con el encanto de tu fría luz 
traspasa mis pensamientos,
derrama eterno silencio
por mis noches de pasiones

Y encima de mí pemanece,
acaba para siempre con mi dolor,
pues eres tú mi primer amor
y el último de mis sueños.

Desde arriba veía Hiperión
el asombro en sus caras:
apenas él la ha abrazado,
ella también lo abraza...

Derraman olor las flores de plata
y caen, ¡oh dulce lluvia!,
sobre la cabeza de los jóvenes
con largos, rubios cabellos.

Ella, ebria de tanto amor, 
levanta sus ojos. Ve
al Lucero. Y susurrando 
le confía sus deseos:

—¡Desciende hasta mí, tierno lucero, 
deslizándote por un rayo,
entra en mi casa, en mi pensamiento 
y dale luz a mi vida!

Él tiembla como en otros tiempos 
en bosques y por colinas,
conduciendo las soledades 
de las olas que se mueven;

pero ya no cae como antes 
en el mar desde la altura:
—¿Qué te importa, rostro de luto, 
si seré yo o lo será otro?

Viviendo en vuestro mezquino círculo 
os conduce la suerte,
pero yo en mi mundo me siento 
tan inmortal como frío.•