SOPHIA DE MELLO 
BREYNER ANDRESEN Y LA PERMANENCIA DEL INSTANTE 
(1919-2004) 
*Miguel Ángel Flores 
 

Cuando muera volveré para buscar
Los instantes que no viví junto al mar.

Sophia de Mello, Libro sexto

Hace cinco años mientras caminaba con el poeta sueco Lasse Soderberg por el Barrio Alto, me señaló la colina de enfrente y me dijo: "Allá, detrás del Castillo, vive Sophia de Mello". Él la conocía bien y la amistad se reforzaba por el lejano antecedente escandinavo de la poeta portuguesa. Le comenté sobre mi interés por conocerla y me proporcionó su teléfono. Antes del encuentro con Sophia de Mello yo había leído ya su poesía completa y había traducido algunos de sus textos. Mi admiración por su obra nació desde la lectura del primer poema: fue como caer tocado por un rayo, quedé deslumbrado por su capacidad para comunicarme una visión del mundo con breves palabras. Su poesía era la suma de instantes por el que el mundo se hacía visible con una extraña nitidez. En sus poemas siente uno la vibración de la luz y su intensidad: la reverberación del mar y los silencios entre las ruinas de los templos griegos, porque Grecia, la antigua Grecia, fue para ella el viaje permanente hacia el origen, la navegación por unas aguas pobladas de una mitología que fue la sustancia de muchos de sus poemas. 

Antes de tocar a su puerta —su domicilio estaba en la Traversa das Monicas, en el barrio de Gracia—, recordé su figura aristocrática y la belleza de su rostro, vistas y entre vistas en una fotografía que le habían tomado durante un viaje a las islas griegas en los años sesenta. El marco era inmejorable: de fondo una columnas dóricas y a sus pies el mar Egeo. La sala de su casa tenía un aire de austeridad, pero había un exquisito gusto en todos los detalles. Después de breve espera apareció ella y me tendió la mano con muchas cordialidad. En ese momento ella no sabía que yo había traducido algunos de sus poemas. Le enseñé uno de mis libros donde se incluyen algunos de sus poemas. Los leyó con atención. Luego me platicó de sus amigos poetas: muchos habían muerto ya. Hablamos de su poesía, de su participación en la política a raíz de la caída de la dictadura impuesta por Antonio Oliveira de Salazar. 

Sophia de Mello había saludado con desbordado entusiasmo el movimiento de los soldados que con la incruenta "revolución de los claveles" había puesto fin a una larga dictadura que soñaba con prolongarse sin su patriarca. "Estuve en la política en el inicio de la democracia, cuando era necesario darnos una nueva constitución y fundar instituciones, cuando era urgente definir muchas cosas sobre la educación y la cultura", me dijo y continuó: "pero me retiré cuando empezaron los pleitos absurdos y se manifestaron los intereses mezquinos, eso no era para mí". Para ella la política sólo adquiría sentido si tenía como fin construir un mundo más justo y humano. 

Me llevó después a conocer su jardín. Era un prodigio de imaginación ese espacio verde donde florecía un bugambilia que cubría un enorme muro, había una palmera y un árbol de abundante follaje del que no supe su nombre. Desde ahí se contemplaba el enorme estuario del río Tajo. Nunca imaginé que detrás de la fachada de un austero edificio, en la parte más alta del barrio de Gracia, pudiera existir tan hermoso jardín. Después me enteré que era obra de un famoso arquitecto de paisajes que se contaba entre los admiradores de Sophia de Mello. La visita había sido vespertina y me despedí de ella cuando ya era de noche. 

Dos años después repetí la visita. Quería hacerle algunas consultas sobre su poesía. No saqué nada en claro de nuestra reunión. En un breve tiempo su salud se había deteriorado al extremo de que ahora Sophia era una sombra de la persona que había conocido dos años antes. No supe por qué aceptó la visita. Ya no estaba en condiciones de recibir a nadie. Veía con dificultad, oía con dificultad y en su mente había lagunas mentales que hacían imposible la fluidez de cualquier diálogo. Acudieron a mi mente las palabras de Salvador Novo: "la vejez es un naufragio". Me despedí en cuanto pude. Mientras descendía por las calles de Alfama para dirigirme a la Plaza del Rossio, pensaba en que inesperadamente había asistido al ocaso de una vida que había sido rica en experiencias y estuvo dedicada al cultivo de la belleza estética y moral. 

El viernes, a los 84 años, murió en el Hospital Pulido Valente, de Lisboa, la gran figura de la poesía portuguesa nacida en el siglo XX. Nació en Oporto, en 1919. Su casamiento con el abogado y periodista Francisco Sousa Tavares, un encarnizado enemigo de la dictadura —lo que le valió conocer la cárcel—, hizo que mudara su residencia a Lisboa, donde vivió hasta su fallecimiento. En 1944, a los 25 años, apareció su primer libro, Poesía, que más tarde llevó el título de Poesía I. Su precocidad fue sorprendente: los primeros poemas de ese libro había sido escritos cuando contaba con 14 años. Y más sorprendente fue el atisbo de una sabiduría al referirse al misterio de la poesía en un apunte de su adolescencia: "Y necesito hacer versos, y me está vedado saber la razón". La edición fue de 300 ejemplares, pero de algún modo uno de ellos llegó a las manos del crítico Oscar Lopes, a quien lo impresionó su "depuración tan excepcionalmente lograda".

Muchas de las características que la poesía de Sophia mantuvo en todos sus libros están ya presente en el primero de ellos: la sencillez de expresión, la dicción "noble", como la calificó otro gran poeta, Jorge de Sena, que invita a una serena conversación con los seres y las cosas, la confianza inagotable en el poder demiúrgico de la nominación, que muchos de sus críticos han señalado, la fascinación ante la mundo griego antiguo, la aspiración a restituir, a partir de las cosas visibles y reales —que el poema lograría fijar en un eterno instante de éxtasis— la mítica alianza entre el hombre y el mundo natural.

La obra de Sophia gozó de un inmediato reconocimiento en su país y fue objeto de homenajes y se le otorgaron los premios más importantes, y un año antes de su fallecimiento recibió el Premio Reina Sofía, el galardón más importante que se concede en España. Tal vez esta distinción contribuya a una más amplia divulgación de su poesía en nuestra lengua. Sophia de Mello Breyner Andresen perteneció a esa generación de oro de la poesía portuguesa, como la llamó una revista de Coimbra, y de la cual forman parte Jorge de Sena, Eugenio de Andrade y Antonio Ramos Rosa, quien escribió el más hermoso elogio a su poesía:

Te veo siempre vertical en un apogeo azul
en que celebras las cosas y pronuncias los nombres
con la claridad de las cúpulas y de las evidencias solares.


Poemas de Sophia de Mello

Jardín perdido

Jardín en flor, jardín de no posesión,
Saturado de imágenes, mas informe,
En ti se disolvió el mundo enorme,
Cargado de amor y soledad.

La verdura de los árboles ardía,
El rojo de las rosas se derramaba,
Alucinado cada ser ascendía
En un tumulto en que todo germinaba.

La luz traía en sí la agitación
De paraísos, dioses e infiernos,
Y los instantes en ti eran eternos
De posibilidad y suspensión.

Mas cada gesto en ti se quebró, denso
Con un contenido gesto más profundo,
Pues traías en ti siempre suspendido
Otro jardín posible y perdido.

Dionisio

Entre los árboles oscuros y callados
El cielo rojo arde,
Y nacido del secreto color de la tarde
Dionisio pasa por el polvo de los caminos.

La abundancia de los frutos de septiembre
Habita su rostro y cada miembro
Tiene esa perfección roja y plena,
Esa gloria ardiente y serena
Que distinguía a los dioses de los mortales. 


Día del mar en el aire

Día del mar en el aire, construido
Con sombras de caballos y de plumas.

Día del mar en mi cuarto —cubo
Donde mis gestos sonámbulos se deslizan
Entre el animal y la flor como medusas.

Día del mar en el aire, día alto
Donde mis gestos son gaviotas que se pierden
Rodando sobre las olas, sobre las nubes.


Navío naufragado

Venía de un mundo
Sonoro, nítido y denso.
Y ahora el mar lo guarda en su fondo
Silencioso y suspendido.

Es un blanco esqueleto el capitán,
Blanco como las arenas,
Tiene dos conchas en la mano
Tiene algas en vez de venas
Y una medusa en vez de corazón.

En su alrededor las grutas de mil colores
Toman formas inciertas casi ausentes
Y el color de las aguas toma el color de las flores
Y los animales son mudos, transparentes.

Y los cuerpos derramados en la arena
Tiemblan al paso de las sirenas,
Las sirenas leves de cabellos cárdenos
Con vagos ojos y ausentes
Y verdes como los ojos de los videntes.

Marinero sin mar

Lejos el marinero tiene
Una serena playa de manos puras
Mas perdido camina en las oscuras
Calles de la ciudad despiadada

Todas las ciudades son navíos
Cargados de perros que aúllan a la luna
Cargados de enanos y muertos fríos

Y él va oscilando como un mástil
En sus hombros se apoyan las esquinas
Va sin aves ni olas repentinas
Tan sólo sombras nadan en su rastro

A las confusas redes de su pensamiento
Se prenden oscuras medusas
Muerta cae la noche con el viento

Y asciende por ocultas escalinatas 
Y regresa por calles sin nombre
Por la misma oscuridad conducido
Con pupilas transparentes y de vidrio

Va por los continuos corredores
Donde los polvos de la sombra lo estrangulan
Y las luces como peces voladores
Lo alucinan

Porque él tiene un navío pero sin mástiles
Porque el mar se secó
Porque el destino borró
Su nombre de los astros
Porque su camino se extravió
Su triunfo fue vendido
Y él tiene las manos pesadas de desastres

Y en vano se yergue entre las señales
En busca de la luz del alba pura
Clamando por el viento de los muelles

Ningún mar lavará el asco de su rostro
Las imágenes son eternas y precisas
En vano clamará por el viento
Que corre sin desvío por las playas lisas

Él morirá sin mar y sin navíos
Sin rumbo distante y sin mástiles esbeltos
Morirá entre paredes grises
Fragmentos de brazos y restos de cabezas
Flotarán en la penumbra de las madrugadas lentas

Y al Norte y al Sur
Y al Oriente y al Poniente
Los cuatro caballos del viento
Sacuden sus crines

Y el espíritu del mar pregunta:

"¿Qué se hizo aquel
A quien yo guardaba un reino puro
De espacio y de vacío
De olas blancas y hondas
Y de verde frío?"

Él no dormirá en la arena lisa
Entre medusas, conchas y corales

Él dormirá en la podredumbre
Y al Norte y al Sur
Y al Oriente y al Poniente
Los cuatro caballos del viento
Exactos y transparentes
Lo olvidarán

Porque él se perdió de lo que era eterno
Y separó su cuerpo de la unidad
Y se entregó al tiempo dividido
De las calles sin piedad
 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
 

En la ciudad de la realidad encontrada y amada

En la ciudad de la realidad encontrada y amada
Caminé con la brisa por las calles
Había muros blancos y ventanas pintadas

Las madreselvas florecían y brillaban
Los limoneros de hojas pulidas
Cayó una hoja de níspero sobre el estanque

Y el tiempo vino a mi encuentro confundiendo
Mis gestos y los tuyos con los suyos
Eran mil y mil noches que aparecían una detrás de otra 
Y mi rostro fluctuaba entre la mañana y la tarde

Y las esquinas elevaron sus sombras azules
A lo largo de un silencio de árabe
Y del Abril de los campos llegó un perfume entero 
de cosechas
Y cuando abrí la puerta las estrellas aparecieron

En la ciudad de la realidad encontrada y amada
El sol da lentamente la vuelta a los parques y a los cuartos
Para barrer el suelo y preparar la noche
Que es redonda azul y muy atenta

Y la puerta de la ciudad está hecha de dos barcos

Oh quién dirá el verde, el azul y el fresco
El aliento del agua y el perfume del viento
Se ve la mañana crear una por una las cosas
Se ve quebrar la ola de la noche transparente•

*Miguel Ángel Flores es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Sus libros más recientes son Umbral y memoria (México, UAM-Aldus, 1999) y un volumen en la colección Material de Lectura de la unam. En la actualidad reside en China.