¿UNA HABITACIÓN PROPIA O UNA HABITACIÓN AJENA?

José Antonio Lugo* 

A mediados de los años veinte, Virginia Woolf fue invitada a dictar una conferencia sobre las mujeres. El resultado fue A room of one's own, traducido indistintamente como Un cuarto propio o Una habitación propia. Como seguramente recordará el lector, en este brillante ensayo la escritora inglesa afirma que la causa por la que las mujeres no habían logrado sobresalir al mismo nivel de los hombres era la falta de una habitación propia, es decir, de un espacio físico y de una renta que les permitiera tener el tiempo y la disposición para dedicarse a labores creativas. Tiempo y dinero, también, para ver el mundo, ya que de otro modo estarían condenadas a narrar las incidencias de un mundo frívolo, como les pasó a George Eliot y a Jane Austen.

Sobra decir que la conferencia de Virginia Woolf ha tenido una enorme influencia sobre las mujeres y, por supuesto, sobre los hombres y nuestra actitud ante estas últimas. Al final del texto, Virginia afirma: "Así, cuando les pido que ganen dinero y tengan un cuarto propio, les estoy pidiendo que vivan en presencia de la realidad." Sí, pero, ¿de cuál realidad?

Esta pregunta seguramente pasó por la mente de la novelista española Alicia Giménez Bartlett al escribir Una habitación ajena, Premio Femenino Lumen 1997. La novela parte del descubrimiento de los diarios de Nelly Boxall, quien durante 18 años fue cocinera y sirvienta de Virginia Woolf. A partir de las anotaciones de los diarios de ambas mujeres -Nelly y Virginia-, la novelista española no sólo reconstruye la vida cotidiana de los Woolf, sino también la de su círculo de amigos, como Katherine Mansfield, Vita Sackwille West -la modelo de Orlando-, John Maynard Keynes, Clive Bell, Lytton Strachey, y todos los que formaron el llamado grupo de Bloomsbury.

Evidentemente, para Nelly Boxall la habitación de Virginia Woolf era una habitación ajena, como lo eran sus amigos y sus costumbres. Para ella, su patrona y sus amigos sólo eran buenos para hacer libros, pero eran vanidosos, egoístas, algunos desaliñados (como Robert Graves) y de costumbres sexuales raras. Un ejemplo que ilustra su punto de vista tuvo lugar el día del armisticio que dio fin a la primera Guerra Mundial. Nelly pidió permiso a Virginia para que ella y Lottie -la otra sirvienta- tomaran la tarde libre a fin de celebrar el fin de la guerra. Virginia le contestó que eso no era posible, porque iría a cenar un gran poeta que sería muy famoso, y ellas podrían contar que esa noche le habían servido. El invitado fue T.S. Eliot, como sabemos el autor de La tierra baldía, pero para Nelly sólo se trató de un señor muy amable con acento americano que la hizo salir de la cocina para agradecerle el pastel, que le había quedado muy sabroso.

Con el paso de los años las relaciones entre las dos mujeres se fueron agriando. La confrontación más fuerte se dio cuando, después de una rencilla más por asuntos domésticos, Virginia fue al cuarto de Nelly y ésta le pidió que se retirara:

-Estoy muy nerviosa y no quiero hablar más, señora, por eso he venido a mi habitación.
Virginia dio un paso adelante y puso una mano sobre la barandilla de la cama.
-Aquí no hay ninguna habitación que sea tuya, Nelly, esta es mi casa.
Nelly se acercó aún más, y la miró a los ojos. Quizá nunca antes habían estado tan cerca una de la otra, ni se habían mirado tan directamente.
-Yo trabajo aquí, señora, y una parte del sueldo es esta habitación; de modo que esta es mi habitación mientras viva en esta casa. ¿Quiere marcharse de mi habitación?"

Al final, Nelly fue despedida. Otra sirvienta la sustituyó hasta el suicidio de irginia. Más allá de los chismes domésticos de los Woolf, Una habitación ajena coloca sobre el tapete algunos temas esenciales que van más allá del derecho de cualquier mujer a tener un espacio e ingresos propios: el trabajo asalariado, las diferencias de clase y la dificultad de conciliar la dignidad y los sentimientos producto de una relación cotidiana de casi dos decenios con las necesidades de un servicio doméstico. Por otra parte, Nelly no escribió libros como Virginia, pero sí sus diarios y, en buena medida por influencia de su patrona, aunque quizá también por decisión personal y por qué no. Por un poco de mala suerte, nunca se casó, para no perder su libertad y servir a un hombre sin paga alguna. Pero a cambio, presumiblemente murió sola en un asilo, como muchas mujeres en su condición. Lo último que se supo de ella fue su aparición en un programa de la BBC, en 1956, en el que habló animadamente sobre la debilidad que sentía Virginia Woolf por los helados, y sobre cómo le gustaba con delirio la salsa de chocolate bien espesa para bañar los pasteles .


Virgina Woolf, Un cuarto propio, México, 1998, Colofón.

Alicia Giménez Bartlett, Una habitación ajena, Barcelona, 1997, Lumen.

* José Antonio Lugo (México, D.F., 1960) es ensayista literario y astrólogo. Licenciado en letras francesas por la Universidad Nacional Autónoma de México, ha sido becario en narrativa por el Instituto Nacional de Bellas Artes y en ensayo por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Actual-mente tiene una columna literaria semanal en el periódico La Crónica de Hoy.