Espacios sagrados y espacios míticos 
La retórica del viaje en las Andanças de Pero Tafur 
*María José Rodilla 
Ha llegado el momento tan anhelado por la gente para emprender peregrinaciones y visitar remotos países y célebres santuarios. 
Geoffrey Chaucer,      Cuentos de Canterbury


La tradición de la alta Edad Media tendía a dar prioridad al testimonio del oído sobre el del ojo; desde el siglo XIV en adelante, la vista fue sustituyendo al oído en su función de fuente de conocimiento (Zumthor, La medida, p. 295). En el relato Andanças e viajes, de Pero Tafur (realizados entre 1435 y 1439), son importantes ambos tipos de información. La mirada y la comprobación in situ son imprescindibles para todo viajero, por el valor de la experiencia y el conocimiento, y se demuestra a cada paso en la abundancia de expresiones como "era singular cosa de ver", "non me quedaría cosa de ver", "mirando muchas çibdades e villas". El oído, porque la imagen del mundo y el marco de referencia de Tafur se basan en la tradición oral de mitos sobre el Oriente y leyendas locales que escucha en el camino, y que al referirlos, a su vez, en su relato, antepone el verbo decir y hace juicios de valor como "a esto non me paresçe; que se deve dar grant fe", o, por el contrario, las cree a pies juntillas y aflora su deseo y entusiasmo por conocer lo que sólo le refieren de oídas.

Estas dos dimensiones sensoriales influyen en la retórica del relato: la vista le permite ir construyendo un espacio sacralizado que puede admirar e incluso palpar como peregrino, y el oído, un espacio mítico que busca y desea conocer, pero que sólo logra contactar oralmente.

Pero Tafur corresponde al tipo de viajero peregrino, obsesionado por visitar los lugares santos, conocer reliquias y ganar indulgencias, aunque en su trayectoria, a veces, se convierte en embajador portador de cartas del rey de Chipre al sultán de Egipto o en aventurero deseoso de alcanzar el paraíso terrenal, la tierra del Preste Juan o las riquezas del Oriente, los mitos que buscan incansablemente los viajeros y que Michel Mollat ha considerado "mitos motores del Descubrimiento" (Mollat, Los exploradores, p. 97).

Su peregrinación no es un camino lineal premeditado sino que se va extendiendo por los lugares sagrados cercanos, ya sea porque surgen imprevistos en el viaje, por ejemplo, cuando cumple el voto, hecho durante una tempestad, de ir al santuario de la Coronata; o ya sea porque se presenta la oportunidad de ausentarse de la comitiva y acercarse a otros lugares santos no contemplados en el itinerario. Si tuviéramos que elegir una figura hermenéutica, como propone Otmar Ette en sus estudios de viajeros, para dibujar el itinerario de Tafur, sería una estrella con un centro conocido, familiar, Venecia, al que siempre se regresa desde una periferia (él mismo se refiere a ella: "paresçióme como que ya estava en mi casa"). Encrucijada de mercaderes y peregrinos, Venecia es el puerto a donde se vuelve y de donde se parte: ahí llega el viajero desde España y de allí sale para el Oriente, regresa al mismo sitio y va hacia el norte de Europa, vuelve al mismo lugar y desde allí de nuevo a su patria.

Para el peregrino es importante el destino final, pero también las etapas en el camino permiten visitar los lugares en los que hay reliquias y, sobre todo, Roma, que desde el 1300, año del primer jubileo, se convirtió en un lugar santo cuando "el papa Bonifacio VIII prometió gracias espirituales a quienes acudieran a la ciudad a ganarlas" (García, Los viajeros, p. 10). En todas las iglesias italianas que visita Tafur se custodia alguna reliquia, y en cada una de ellas no se olvida de avisar a los lectores o futuros viajeros del día del santo en el que se ganan indulgencias, de tal manera que la repetición insistente se convierte en una especie de letanía, y es que el peregrino, autor de su relato, además de "exaltar estos lugares de gracia" (Zumthor, op. cit., p. 280) desea dar testimonio de sus visiones, de sus padecimientos, e informar desde la posición privilegiada del yo experimentado, como un guía de viajeros; por eso cuando, a su regreso de Tierra Santa, ve en Venecia la "galea del Santo Sepulcro" lista para partir a Jerusalén, no vacila en informar a

 
muchos castellanos, con los quales yo uve muy grant plaçer,

e non menos ellos conmigo, porque lo a (sic) que yvan a Ierusalem 

les era menester enformarse de mí de la manera que avían de 

tener, e yo les dixe cómo avían de tener, e yo les dixe cómo 

avían de fazer, e quanto les avía de costar el camino 

(Tafur, Andanças, p. 108)


Como signo corporal, el peregrino se deja crecer la barba en su viaje a Tierra Santa, en cambio, antes del itinerario europeo, se la corta en Ferrara, provocando la extrañeza del emperador de Constantinopla, a quien explica que los castellanos se dejan la barba "por grant dapño", o sea, por una especie de penitencia, que es la peregrinación misma; y como escudo protector, enarbola los pendones de Jerusalén para evitar posibles asaltos y gozar de una suerte de inmunidad por la ruta marítima mediterránea hacia el espacio sagrado.

Las etapas de su viaje son como peldaños que cumplen una función iniciática en el camino del creyente. Después de cada tramo, acude a alguna iglesia para dar gracias, y las varias veces que pasa por Italia va a visitar al papa.

El espacio sacralizado de la ruta se le va mostrando al peregrino en esos objetos y símbolos de santidad que son las reliquias. Contemplarlas y palparlas son gestos corporales con los que se participa de una porción de gracia o de milagro (recordemos, por ejemplo, la fama de sanador que tenía el cordón de Melibea por haber tocado reliquias de Roma y Jerusalén).

Dos etapas importantes antes de Tierra Santa son las ciudades de Roma y Constantinopla, prestigiados lugares pletóricos de sacralidad por el arsenal de reliquias que custodian, y, por tanto, espacios merecedores de alabanzas para cuya descripción acude a los tópicos de la afectada modestia por su mengua para describir las grandezas y al de la Laudatio urbem: su historia, los monumentos, sobre todo, religiosos, las reliquias y su fama. La lanza de la crucifixión que vio primero en Constantinopla y de nuevo, en Nüremberg, donde estuvo a poco de salir malparado por atreverse a decir que ya la había visto antes, el cuerpo de santo Domingo y el de santa Catalina, la soga de Judas, la silla de san Pedro o los cuerpos de los apóstoles son algunos de los prestigiados tesoros sacros.

La contemplación del desierto o del "mar Vermejo", el contacto con el río Jordán o la ascensión al monte Sinahí también son etapas importantes que despiertan la memoria bíblica del peregrino con la historia de Moisés o la leyenda de san Jorge y el dragón.

Sin embargo, la ruta hacia la gracia no está exenta de obstáculos prosaicos; a veces, es necesario costear la visita, el guía, alquilar los animales de carga y transporte o pagar a las comunidades de gentiles o cristianos que custodian los lugares sagrados.

Tarmbién ese espacio puede ser símbolo de tentación y pecado, como las calles de la ciudad de Brujas, en donde tiene gran poder la "dehesa Luxuria", pues se le ofrecen abiertamente las mujeres; Roma, cuyos habitantes no saben hablar de los lugares famosos de la antigüedad, pero sí de las "tavernas e lugares desonestos"; la iglesia de la Valayerna en Constantinopla, con una entrada en cuyos arcos "se fallaron en el pecado de la sodomía; e una vez cayó un rayo del cielo e quemó toda la yglesia, que non quedó nada nin uno con aquellos que estaban ayuntados en uno en aquel pecado" (Tafur, op. cit., p. 98).

Hay un encuentro crucial y fascinante en nuestro relato en el que se funden el espacio sacralizado y el mítico: el desierto, lugar de meditación y penitencia, que invita a la santidad y a la emulación de historias bíblicas, pero también de inmensidad, aislamiento y soledad que abren la dimensión imaginaria propia del relato de viajes hacia el misterio y la maravilla. Tafur, el peregrino, convive en el desierto con el famoso viajero veneciano, Niccolò da Conto, que había pasado 25 años en el Extremo Oriente y se había visto forzado a su conversión al Islam (Wade, Viajeros, pp. 261-262). En las jornadas que hacen juntos por el desierto, Niccolò es la voz y Tafur escucha las experiencias y los cuentos del viajero, que, a su vez, son reproducidos por el Tafur narrador, bajo la óptica del veneciano y atribuyéndole la fuente con la fórmula "él vido"; por ejemplo, la isla de antropófagos, las bestias de extrañas figuras y, sobre todo, la tierra del Preste Juan, tan renombrada por misioneros, mercaderes y embajadores al Oriente. 

Esta dimensión maravillosa se intercala en su relato siempre bajo el signo de la oralidad, al igual que uno de los tópicos de la literatura de viajes, el recuerdo de viandantes anteriores, cuyas fabulosas narraciones son el incentivo para otros posteriores, por ejemplo, las anécdotas que le cuenta el trujamán sobre el pirata castellano Pedro de Randa, o la alusión a "las cosas bien estrañas" que vieron los embajadores al Gran Tamorlán, a principios del xv, "segúnt ellos dizen".1 También por fuentes orales nos presenta las leyendas locales del itinerario y Tafur pone especial cuidado, antes o después de haberlas narrado, en avisar al lector. "Dizen que vieron" o "Esto yo non lo vi, pero dicho me fue e que avía poco que avía acaesçido", por ejemplo, son las fórmulas para narrar la fabulosa historia del ángel hermoso que recorría las almenas de Constantinopla cada noche por una promesa; o el maravilloso cuento de la desaparición de mujeres en un golfo de Esclavonia a causa de un monstruo marino "medio pescado de la çinta ayuso e de allí arriba forma humana con alas de morciélago" (Tafur, op. cit., p. 107).

Émulo de Marco Polo, su compatriota Niccolò le describe a Tafur las propiedades extrañas de ciertas criaturas, como los gatos de la India o de Algalia, que segregan una sustancia almizclada por una glándula que tienen cerca del ano, y por esto son muy cotizados para perfume; o los elefantes que "tienen el cuerpo muy duro, e si resçiben alguna ferida, pónenle donde le dé la luna, e luego otro día es sano". Se acerca también a lo maravilloso de los bestiario en el relato sobre el país del Preste Juan, en el que Niccolò vio un elefante blanco, un asno pequeño de variados colores y "muchos onicornios", aunque cosas monstruosas de forma humana, como las que gustaba describir Mandavila, esto es, "onbres de un pie o de un ojo, o tan pequenos como un cobdo o tan altos como una lança; dize que non sintió nada de todas estas cosas" (ibid., pp. 65-66). 

Estas fuentes orales que acabo de nombrar son, sin duda, un aliciente para el viajero que desea conocer y pasar cada vez más allá. Sin embargo, la voz del experimentado veneciano lo disuade: "non te entremetas en tan grant locura, porque el camino es muy largo e trabajoso e peligroso, de generaciones estrañas sin rey e sin ley e sin señor... Después, mudar el ayre, e comer e bever estraño de tu tierra, por ver gentes bestiales que no se rigen por seso" (ibid., p. 61) y el espacio mítico, inalcanzable y prohibido, se desvanece como espejismo y Tafur se conforma con permanecer tres días contemplando el lugar sagrado del Mar Rojo.

En todo relato de viajes el punto de vista es autobiográfico y esto da pie a la transformación o deformación de los hechos en la escritura, y tal vez al alejamiento de como realmente habrían sucedido; esta dimensión permite también crear una imagen de sí mismo un tanto heroica: Tafur, además de peregrino, es un soldado dispuesto a ayudar, incluso enfermo, en alguna ciudad sitiada. Sus pretensiones guerreras se deslizan en su escritura a cada rato cuando imagina que ciertos galeones vienen a combatir contra ellos, e incluso lucha contra turcos por liberar a unos cautivos cristianos y en cuya trifulca gana una herida de flecha en el pie y la convicción de haber servido a Dios.

También alardea de su astucia cuando se disfraza de moro para visitar un lugar prohibido a los cristianos o se aleja de la comitiva para visitar tal otro. Extraña, en cambio, que en muy pocas ocasiones hable de las dificultades del viaje o de los rigores del clima, apenas se acuerda del frío al atravesar una sierra, y de que se le cayeron los dientes y las muelas, cuando que el común de los viajeros gusta de resaltar el hambre, las fatigas y otras penurias, como su antecesor Ruy González de Clavijo, quien se difuminaba en el plural con el que se refería a los embajadores. En las Andanças e viajes, en cambio, el yo aflora continuamente a lo largo del relato y el punto de vista se enuncia desde una posición jerárquica alta. Su yo experimentado va llenando también un espacio social, urbano y cortesano, en donde la presencia humana es muy importante. 

Nuestro viajero tiene una vasta red de relaciones; en todos los Estados y las tierras lo reciben y lo honran, unos le ofrecen camisas para el viaje y otros florines, y todo lo rechaza cortésmente porque es autosuficiente; visita varias veces al papa, lleva cartas y recomendaciones de su rey y se codea con duques, reyes, emperadores y sultanes. Pasea, va de caza con las familias reales, come en sus mesas, asiste a las fiestas cortesanas y se permite aconsejar en asuntos de guerra. No es un viajero común, gracias a su hábito o a las divisas que lleva, es recomendado para pasar por encima de las leyes que rigen a los mercaderes de Venecia e importa esclavos de regreso a su tierra; lo encarcelan cerca de Maguncia y no sólo es liberado al decir quién es sino que el mismo duque pone más ahínco en recuperar y devolverle la espada que le habían robado, que en ganar una villa; posee además letras de cambio que valen en los países que atraviesa y trujamanes que le resuelven el problema de la comunicación. 

Algunos de estos datos podrían ser signos inequívocos del tráfico terrestre y marítimo y de la gran movilidad de personas en la Edad Media. Llama sobremanera la atención la cantidad de venecianos, genoveses, castellanos, sevillanos, vizcaínos y catalanes que parecen estar desperdigados por toda la geografía, e incluso instalados en las costas mediterráneas y asiáticas. En Pera, por ejemplo, hay toda una colonia castellana que sale a recibir al viajero y le brinda hospitalidad.

Esta movilidad se refleja también en la diversidad de viajeros; además de los representados en la variada tipología del Homo viator que estableció Michel Mollat ("L'Homo", pp. 9-14), como los mercaderes o los peregrinos, otros curiosos viandantes se encuentran en la ruta: obispos y embajadores del Concilio de Basilea, personas que van a tomar los baños en los Alpes, ciegos que tañen vihuelas de una corte a otra y ladrones de caminos, hidalgos pobres que necesitan robar para seguir manteniendo un linaje.

En el camino de regreso de Venecia a España o más bien hasta Cerdeña, donde se corta el manuscrito, siguen alternándose el espacio sagrado y el espacio mítico, siempre bajo el juego del ojo y del oído, respectivamente: en Florencia visita uno de los mejores hospitales de la cristiandad, para cuyos enfermos hay "grant perdonança... e si allí mueren plenaria indulgencia" y la preciada reliquia del Santo Grial, "que es de una esmeralda", en Génova, "do agora está, el qual yo vi".

Fuera de la tierra firme italiana, el espacio mítico se presenta en la travesía marina de regreso, en las islas, lugares maravillosos por excelencia. Cerca de Sicilia, Tafur evoca el mito de las Sirenas "e dizen que esta natura de pescados en parte paresçe fembra de la çinta arriba e de allí abaxo pescado", pero lo recrea de una manera original, pues desaparece el erotismo y el encanto femenino, no son seductoras ni devoradoras de navegantes, ni símbolo de deseos y tentaciones, aunque prevalece su función de mensajeras de la muerte, pues son indicios de tormenta y naufragio. A pesar de que en la clásica mención de las sirenas de La Odisea haya una "sosegada calma", amaine el viento y se calmen las olas cuando cantan para Ulises, hay bestiarios medievales que asocian la sirena con la tempestad, como el Bestiare de Philippe de Thaün, en el que se menciona que "canta contra la tormenta y llora si hace buen tiempo". Tafur, no obstante, parece cambiar el significado del canto, pues afirma que cuando ellas sienten que comienza el viento

se muestran en la cara del agua faziendo un canto, 

e dizen que

quien las oye non puede bevir, esto es, que es triste 

canto condoliéndose de aquella fortuna que se apareja 

a aquellos 

a quien ellas paresçen, e el non bevir, es, porque ellas nunca 

cantan sinon quando la fortuna es tan grande, 

que aquellos 

que están en la mar seríe maravilla escapar.

(Tafur, op. cit., p. 156)


También por fuentes orales, en otras tres islas, la del Bolcán, Estrángulo y Catánea, en las faldas de Mongibello, sitúa las tres bocas del infierno. Estas tres islas son una referencia obligada en los libros de viajeros al Oriente y en las visiones del Purgatorio. Mandavila, por ejemplo, dice que "aqueste nombre Vulcán es el camino del infierno". 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Romero en Roma y palmero en Jerusalén, Tafur encarna las múltiples facetas del peregrino, pero también del hombre que viaja por puro placer estético y ansia de conocimiento. Su espíritu puede arrobarse en la contemplación de una reliquia o del monte santo, o fascinarse por la narración de historias de países lejanos, pero también se apropia de un espacio profano, la ciudad comercializada, el tráfago de la "Venecia del Norte" o la Brujas flamenca, para cuyas descripciones recurre a la enumeratio con alguna que otra dosis de hipérbole y que recuerdan el deslumbramiento de otros viajeros por las riquezas del Oriente:
 
allí vi las naranjas e las limas de Castilla, que paresçe 

que entonçes las cogen del árbol; allí las frutas e vinos 

de la Greçia, tan abondosamente como allá; allí vi las 

confaçiones e espeçerías de Alexandría e de todo 

el Levante, 

como si allá estiviera; allí vi las pelleterías del Mar Mayor, 

como si allí nasçieran; alli estava toda Italia 

con sus broccados 

e sedas e arneses e todas las otras cosas que en ella se fazen; 

ansi que non ay de parte del mundo cosa donde allí non se 

fallase lo mejor que en ella ay. 

(ibid., p. 135)


Y como sombras o figuras de contraste, nos presenta las huestes de mendigos, leprosos o niños abandonados en Venecia; la carestía del pan, la cantidad de prostitutas que mueren de hambre en Brujas o la pestilencia que le impide llegar a Normandie y a París.

El relato de Tafur es un fabuloso pasaporte a lugares sagrados, de encantos y prodigios, pero también un valioso documento de época: el Concilio de Basilea, las ferias comerciales, los juegos cortesanos, las ciudades populosas y los puertos pletóricos de mercancías del mundo conocido colman la vista y el oído de este viajero medieval cuyas andanzas siguen deslumbrando al lector y viajero de fines o principios de milenio. 

*María José Rodilla es profesora-investigadora en la UAM Iztapalapa. Licenciada en filología románica por la Universidad de Extremadura y doctora en letras hispánicas por El Colegio de México. Entre sus obras destacan: Lo maravilloso medieval en El Bernardo de Balbuena (1999); edición crítica de Claribalte, de Gonzalo Fernández de Oviedo (2002); edición crítica de Infortunios de Alonso Ramírez, de Carlos de Sigüenza y Góngora (2003) y Escrito en los virreinatos (2004). 
Nota

1Se crce que Tafur quería llegar hasta la tierra del Gran Tamorlán, porque en la corte de su rey habría escuchado los pormenores de la embajada castellana de principios de siglo y deseaba convertirse en ese ser privilegiado que es el viajero para transmitir a su vez sus vivencias. Véase la Addenda de José Vives Gatell a las Andanças e viajes de un hidalgo español (Pero Tafur, 1436-1439) con una descripción de Roma, pp. 419-527.

Bibliografía

José Ángel García de Cortázar, Los viajeros medievales, Madrid, Santillana, 1966.

Michel Mollat, Los exploradores del siglo xiii al xiv. Primeras miradas sobre nuevos mundos, traducción de Ligia Arjona, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.

, "L'Homo viator", en Temas medievales, 5, 1995, pp. 5-14.

Eugenia Popeanga, "El discurso medieval en los libros de viajes", en Revista de Filología Románica, 8, 1991, pp. 149-162.

Pero Tafur, Andanças e viajes de un hidalgo español, ed. de Marcos Jiménez de la Espada, Madrid, Miraguano y Polifemo (Biblioteca de Viajeros Hispánicos, 13), 1995.

Margaret Wade Labarge, Viajeros medievales: Los ricos y 105 insatisfechos, Madrid, Nerea, 1992.