Los impresores libreros en
Nueva España del siglo XVII

 
* Luisa Martínez Leal

Durante el siglo XVII se continuó con los mismos métodos de impresión y grabado del siglo XVI Los viejos estilos tipográficos que dieron a los libros mexicanos del siglo XVI semejanzas con los incunables europeos, se fueron estilizando por tipos romanos más claros y elegantes como los de Plantin, Garamond y Elzevir.

Los libros mexicanos empezaron a mostrar su excelente calidad ya que, aunque fueron realizados bajo los conceptos más clásicos, mostraron un excelente gusto y oficio. Las mejores ediciones fueron los textos de Cátedras en la Real y Pontificia Universidad de México, entre los que destacan los libros de medicina, así como algunas obras literarias como la Grandeza mexicana, de Bernardo de Balbuena, la Primavera indiana, de Sigüenza y Góngora, obras menores de Sor Juana Inés de la Cruz y otros impresos como Noticia breve de la dedicación de la Catedral de México, de Isidro de Sariñana, y Exposición filosófica contra el cometa.

De diversas imprentas salió una gran cantidad de obras ilustradas con grabados un tanto imperfectos, ingenuos, producto en muchas ocasiones de artistas anónimos. Algunos trataban de reproducir un grabado europeo, mas la sencillez de los elementos con que están construidos, revela su factura un tanto primitiva, no obstante que se producen durante el siglo XVII algunos excelentes grabados y proliferan las imágenes guadalupanas.

Los impresores libreros

Estos impresores, además de tener imprenta, contaban con tienda y se hacían llamar impresores y mercaderes de libros. Se trata de un grupo pequeño de impresores solventes, capaces de establecer una doble empresa: la impresión de las obras y la venta de las mismas. Eran los que controlaban todo, dejando así fuera de la competencia a los pequeños talleres tipográficos. Este grupo, además de manejar la producción y la venta, mantenía las mejores relaciones con las autoridades eclesiásticas y civiles, de las que obtenía licencias y privilegios de impresión. Estuvo compuesto por aquellos individuos que consolidaron una empresa familiar capaz de perdurar, a veces, hasta por más de un siglo.

Si bien aparecerán muchos nombres de impresores, es importante resaltar que en algunos casos se trata de parientes, cuyas imprentas pasaban de una generación a otra. Cabe hacer notar que sólo hubo tres impresores y mercaderes de libros que no tuvieron el respaldo de una gran familia y por lo mismo su presencia fue más discreta, sobre todo en las tres primeras décadas del siglo; ellos fueron Diego Garrido y su viuda, Francisco Robledo y Francisco Sálbago.

En este grupo sobresale Bernardo Calderón, fundador en 1631 de una larga tradición tipográfica que perduró a través de su descendencia por ciento treinta y siete años. Bernardo Calderón, su viuda y sus herederos dejaron constancia de su labor en 497 impresos de diferente índole, principalmente con una temática religiosa. Irving Leonard atribuye el éxito de los Calderón a que cinco de sus seis hijos recibieron las órdenes sagradas, lo cual, dice Leonard, "hizo de la Iglesia un cliente importante..." para los Calderón y se diría que eso marcó la especialidad de la familia.

Bernardo Calderón sólo trabajó por algunos años la imprenta, de 1631 a 1640, y le sustituyó su viuda, Paula de Benavides, con quien tuvo los mencionados seis hijos: Antonio, Gabriel, Diego, Bernardo, María y Micaela. De éstos, sólo María no tomó el camino eclesiástico y se casó con otro impresor, Juan de Ribera. La viuda de Bernardo Calderón se hizo cargo de la imprenta y tienda entre los años de 1641 y 1684, y durante esos cuarenta y tres años imprimió cerca de 332 escritos, entre constituciones de las provincias, cartillas, doctrinas, sermones, hagiografías, inclusive las escritas por sus hijos Antonio, quien escribiera, entre otras obras, Epítome sumario de la vida y muerte del B. P. M. Pedro de Arbues, inquisidor apostólico del Reyno de Aragón a quien nuevamente ha beatificado N. M. S. P. Alexandro VII, de 1667, y Gabriel, que fue autor de Epítome de la vida de S. Marcial, apóstol de la Francia, de 1672. También imprimió los Villancicos que se cantaron en la Santa Iglesia Catedral de México, a los maitines del glorioso príncipe de la Iglesia, el señor San Pedro, de 1677, de Sor Juana Inés de la Cruz, e inclusive otras obras religiosas que ella misma costeó como el Breviloquio moral práctico en que se contienen las sesenta y cinco proposiciones prohibidas por N. S. S. P. Inocencio XI, de fray Tomás de Velasco, impresa en 1681. En 1980 imprimió Teatro de virtudes políticas, que constituyen a un príncipe: advertidas en los monarcas antiguos del mexicano imperio, México, de Carlos de Sigüenza y Góngora.

 
 

La viuda de Bernardo Calderón dejó como herederos de la imprenta a sus hijos Diego y María, quienes la trabajaron de 1684 a 1718, tiempo en el que los "herederos de Bernardo Calderón" estamparon 144 impresos. Es ese tiempo María ya estaba casada con Juan de Ribera, quien, como ya hemos dicho, también tenía imprenta. María, por su parte, heredó la imprenta de los Calderón a tres de sus hijos: José, Francisco y Miguel de Ribera Calderón.

La familia de Bernardo Calderón en ocasiones se vio favorecida por el virrey en turno, dándoles privilegios para imprimir cartillas y doctrinas, ya que el primer privilegio otorgado a Bernardo Calderón por el virrey Rodrigo de Pacheco en 1631, fue para imprimir cartillas. En 1632 se le refrendó para imprimir cartillas grandes y pequeñas. En 1652 el Conde de Alba de Aliste le otorgó privilegio a la viuda de Calderón, y en 1684 el Conde de Paredes autorizó otro refrendo. En 1700 se les concedió a los herederos de la viuda de Bernardo Calderón la "licencia para imprimir la Cartilla Mayor en lengua castellana, latina y mexicana y con prohibición que ninguna otra persona sino la dicha viuda en toda la Nueva España pueda imprimir cartillas ni doctrinas pena de doscientos pesos y los moldes perdidos".

También ostentaron el nombre de "Imprenta del Secreto del Santo Oficio" por el hecho de realizar trabajos tipográficos para la Inquisición. Esto les permitió tener el monopolio de los impresos oficiales, marcándolos como los principales difusores de la ideología del gobierno novohispano.

Fue famosa su imprenta y tienda, siempre ubicada en la calle de San Agustín. Unas memorias de libros presentados a la Inquisición por la viuda de Bernardo Calderón dan testimonio de la magnitud del comercio que llevaban a cabo; esto incluía tanto su producción como la de otros impresores de México y Europa. En 1665 vendían 1126 impresos, entre obras devotas, gramáticas, vocabularios, sermones, ejercicios espirituales, biblias, devocionarios, crónicas de órdenes religiosas, romances y un considerable número de hagiografías, por mencionar sólo algunos. En 1660 ofrecían a sus clientes una variedad de 1239 títulos, en los que predominaba una temática religiosa. Estas memorias fueron revisadas conforme al Índice expurgatorio, de 1640. Uno de los pareceres otorgado por fray Juan Ortiz de los Heroz señala que de todos los libros presentados algunos ya estaban corregidos, otros ya ajustados, algunos más los corrigió y otros estaban prohibidos, como la Vida de Sor Juana de la Cruz, "porque no estaba corregida", otros por no tener autor, etcétera.

Otro impresor y mercader de libros que sobresale en este segundo grupo en Juan de Ribera. A él lo vemos figurar primero como mercader, desde 1677, y ya como impresor y mercader en la calle del Empedradillo a partir de 1684. El apellido Ribera tenía antecedentes en el mundo de la palabra impresa, ya que su hermano Hipólito de Ribera tenía el mismo oficio y los dos fueron hijos del también librero Diego de Ribera.

Años antes Juan de Ribera había contraído matrimonio con María Calderón Benavides, hija de Bernardo Calderón y Paula de Benavides, quien a la usanza de la época adoptó el apellido materno y fue mejor conocida como María de Benavides. Esta asociación por matrimonio de una familia de mercaderes con una de impresores sirvió para iniciar una nueva rama de impresores-libreros y continuar con la tradición tipográfica y comercial, ya que los descendientes del matrimonio Ribera Calderón siguieron el mismo oficio hasta muy entrado el siglo XVIII, en 1767.

Juan de Ribera y María de Benavides tuvieron ocho hijos, dos de los cuales tomaron la vida religiosa y otros dos, Miguel y Francisco, continuaron con la tradición tipográfica de las familias y al parecer trabajaron juntas las dos imprentas, la que fue de los Calderón y la de su padre.

 
 

La producción de Juan de Ribera consistió en ciento cuarenta y ocho impresos, entre ellos el Neptuno alegórico, océano de colores, simulacro político que erigió la muy esclarecida, sacra, y augusta Iglesia Metropolitana de México, de Sor Juana Inés de la Cruz, de 1680.

Cuando Juan de Ribera murió, su viuda María de Benavides quedó al frente de la imprenta entre los años de 1685 y 1700. De sus prensas salieron más de ochenta impresos con su nombre, aunque en realidad el regente fue su hijo Miguel, sin que su nombre figurara, hasta que ella murió. Fue aquí cuando se repartieron las dos imprentas, la de los Calderón ubicada en la calle de San Agustín, que pasó a poder de Francisco de Ribera, quien la trabajó entre 1703 y 1729, y por algunos años más su viuda, Juana de León y Mesa.

La segunda imprenta de Juan de Ribera, ubicada en la calle del Empedradillo, continuó en manos de Miguel de Ribera sólo por algunos años más. Su viuda Gertrudis de Escobar y Vera se hizo cargo de ella durante ocho años, en los que produjo más de setenta impresos. Doña Gertrudis la heredó a sus once hijos y sus descendientes siguieron lo que parece fueron tres tradiciones importantes de la familia: su presencia en las órdenes eclesiásticas, en el mundo de la tipografía y dentro de la Iglesia de San Francisco, donde fueron enterrados casi todos.

Los herederos de la viuda de Miguel de Ribera permanecieron en la imprenta durante diecisiete años, de 1717 a 1732, con una producción de ciento setenta y siete impresos. No se sabe con seguridad quién se hizo cargo de la imprenta, posiblemente fue la hija menor, María, aun cuando su nombre no aparece en los impresos. Los herederos de la viuda de Miguel de Ribera imprimieron en 1722 los primeros seis números de la Gaceta de México, de Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche, con lo que dio comienzo el periodismo regular mexicano. A partir de 1732 figura María de Ribera en la tipografía novohispana y durante los siguientes veintidos años la encontramos en su tienda-taller del Empedradillo. En 1734, María de Ribera incrementó el número de impresos y para el año siguiente su imprenta llevó el nombre de Imprenta Real del Superior Gobierno y el Nuevo Rezado. Uno de sus éxitos más reconocidos fue la impresión durante varios años de la Gaceta, que era el compendio de noticias mexicanas con índice general de todas, y contenía variadas noticias de interés general, imprimiendo sesenta números entre noviembre de 1732 y diciembre de 1737.

El nombre de María de Ribera apareció en los impresos novohispanos hasta el año de 1754 y entre éste y 1768 continuaron con la imprenta los herederos de María, que posiblemente fueron sus sobrinos o algún otro pariente, porque ella no se casó. De esta forma terminó la tradición tipográfica construida por los Calderón y los Ribera.

 
 

Entre los impresores-libreros destaca también la familia Rodríguez Lupercio, que sin ser tan numerosa como la de los Calderón, fue casi tan productiva como ella y en aproximadamente ochenta años produjeron 444 impresos. Francisco Rodríguez Lupercio inició sus labores tipográficas asociado con Agustín de Santiesteban y Vértiz, mercader de libros, con quien al parecer no duró mucho, ya que en 1661 el nombre de Santiesteban desapareció de las portadas. Rodríguez Lupercio siguió adelante e intensificó su trabajo. Casado con Gerónima Delgado, vivía en el Portal de las Flores y como cosa rara su imprenta no estaba junto a su casa sino en la calle de Puente de Palacio; en ella no sólo se imprimían sino también se grababan y vendían libros. En su taller se imprimieron varias obras de Fray Agustín de Vetancurt, como el Arte de lengua mexicana, de 1673; de Pedro Salmerón la Vida de la venerable Madre Isabel de la Encarnación, carmelita descalza, natural de la ciudad de los Angeles, de 1675; de Rodrigo de Aguilar y Acuña los Sumarios de la recopilación general de las leyes, ordenanzas, provisiones, cédulas, instrucciones y cartillas acordadas, que por los Reyes Católicos de Castilla se han promulgado, de 1677, y del ermitaño Gregorio López el Tesoro de Medicinas, para diversas enfermedades, de 1674, cuya impresión costeó el mismo Rodríguez Lupercio. En total sus prensas produjeron noventa y un impresos. Al morir en 1683, le sustituyó su viuda, quien a partir de esa fecha y hasta 1696, poco antes de morir, sacó a la luz más de ochenta trabajos de imprenta, incluso un relato de la Vida de fray Bernardo Rodríguez Lupercio, su pariente, escrito por Balthasar de Medina en 1688.

En su tienda se podían adquirir, además de hagiografías, sermones, obras espirituales, la obra de Antonio de León Pinelo Si el chocolate quebranta el ayuno, impresa en Madrid por la viuda de Juan González en 1636; los Trabajos de la Virgen de Antonio Mijangos, impresa en Madrid por Juan Sánchez en 1642 y setenta títulos más, la mayoría impresos en Madrid y México. De esta forma logró sostener imprenta y tienda con prestigio.

En 1697 murió la viuda de Rodríguez Lupercio, dejando como herederos del negocio a sus hijos. De ellos sólo se sabe con certeza el nombre de uno, el del bachiller Rodrigo Alfonso Rodríguez Lupercio, quien posiblemente fue el que regenteó la imprenta por un periodo de treinta y nueve años, tiempo en el que imprimió más de doscientas setenta obras. El nombre de la familia desapareció de las portadas de los impresos mexicanos en 1736.

Por último, dentro de este grupo de impresores-libreros nos referiremos a Juan José Guillena Carrascoso, cuyas prensas trabajaron al final del siglo XVII y principios del XVIII, de 1684 a 1721. Guillena Carrascoso era español, casado con María de San José Contreras y Monroy, y parece ser que fue el único caso en que murió primero la esposa. Se desempeñó como impresor y mercader de libros en el Empedradillo, junto a las casas del Marquesado. Sus prensas trabajaron sin interrupción por varios años, inclusive alcanzó a imprimir cuatro obras en 1703, año en que la carestía de papel se agravó, ante lo cual el virrey hizo publicar un bando "mandando bajar algunos géneros que habían encarecido los mercaderes, que fueron el papel, que estaba a 14 pesos la resma que lo puso en 6 pesos... con pena por la primera y segunda vez al que lo quebrantare y por la tercera confiscación de bienes y destierro conforme a la persona..."

En suma, los impresores y libreros tuvieron a su cargo la importante labor de imprimir y difundir en gran medida la cultura novohispana a través de sus trabajos tipográficos. Fueron ellos los que plasmaron en el papel y circularon las descripciones de Bernardo de Balbuena, las del agustino Fray Juan de Mijangos, los escritos del capellán poblano Pedro Salmerón, los del jesuita calificador del Santo Oficio Francisco de Florencia, los del franciscano Baltazar de Medina, los del Arzobispo de México Francisco de Aguilar y Seixas, los del obispo de Oaxaca Isidro Sariñana y Cuenca; las obras del cronista del Santo Evangelio Agustín de Vetancurt, las poesías de Sor Juana, los escritos de Sigüenza y Góngora; los sermones, cartillas, catecismos y obras ejemplares a través de las cuales se difundían modelos de conducta cristiana, la ciencia, la historia, las artes y, en fin, el entretenimiento que necesitaba la sociedad de entonces.

 
 
   

Como hemos visto, las obras que se imprimieron durante el siglo XVII fueron en su mayoría de temas religiosos, en los que no había nada que contraviniera la moral y la fe. La producción de estas obras complacía ciertamente a la Iglesia, porque constituían una forma de normar la vida de los individuos y como ejemplo diremos que para fomentar la lectura de hagiografías, la Iglesia concedía indulgencias a los lectores de todo o parte del libro.

Hemos visto que los impresores fortalecían las alianzas familiares para conservar sus empresas tipográficas. También parece haber sido determinante en el éxito de algunos impresores, al contar al mismo tiempo con imprenta y tienda. Fue gracias a estos negocios familiares que los talleres tipográficos superaron las crisis económicas, e inclusive en ocasiones costearon diversos impresos para seguir produciendo en las épocas difíciles, contribuyendo en el desarrollo cultural novohispano de siglo XVII. 

*Luisa Martínez Leal estudió las licenciaturas en diseño gráfico y diseño industrial. Es profesora - investigadora de la UAM Azcapotzalco desde 1977. Obtuvo una maestría en ergonomía y es candidata a maestra en historiografía.

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