Europa en el mapa poético de sus ciudades
*Miguel Arnulfo Ángel 
Hormigueante ciudad, llena de sueños 
¡donde el espectro en pleno día atrapa al transeúnte! Los misterios por todas partes fluyen como savias
en las cañerías estrechas del coloso potente.
Charles Baudelaire


En los rastros de los asentamientos poblados, descifrados con avidez por los arqueólogos, se encuentran los indicios del momento en que el hombre dedicó sus esfuerzos a localizar su mundo y a construirlo en consonancia con sus creencias. Este paso decisivo significó el giro hacia la vida sedentaria, fundamentada con el aval de las creencias y el ritual compartido en un simbolismo capaz de dar representación a todos los que la habitaran. Este es el origen de la futura ciudad en la que los pueblos encontraron el lugar definitivo para entronizar sus representaciones que los harían inconfundibles. Ese lugar fundacional adquirió el aura de lo sagrado que permitió construir la sintaxis de sus mitos y configurar los rostros idealizados de sus imágenes. Asignarle el nombre más adecuado no sólo significó distinguir el lugar, sino además otorgar a sus habitantes la identidad suficiente que les aseguraría su pertenencia, distinguida con gentilicios derivados del nombre del asentamiento. Por la gracia de las palabras de su nombre propio la ciudad resuelve su identificación en la toponimia de la vastedad del planeta pero, aun más, en la geografía de la imaginación y de la historia. Su nombre permite el regreso al momento en que se funda su origen y mediante éste a la recreación de su perennidad ganada con el tiempo. 

Con el nombre propio se hacen presentes las huellas innominadas de los tiempos, el cruce de todos los destinos, la celebración de las hazañas de las grandes aventuras, el eco de todas las contiendas y, entre el incesante bullicio, el seseo de todos los secretos. El nombre propio al identificar a cada ciudad no sólo la singulariza y la redime de la indiferencia, sino que la hace portadora del embrujo intemporal del mito, de los avatares irremediables de la historia y, necesariamente, de las maneras en las que transcurre el diario vivir. Así aparecen salpicadas en los mapas, como titulares que guardan los capítulos en los que quedó escrito el rastro paradójico de la especie, con cuyos registros se conjura el olvido y ratifica su destino referencial por sobre todos los tiempos. Los grandes hitos del quehacer humano se desglosan en nombres irrepetibles de ciudades que permanecen incólumes con el paso de los siglos, las épocas y los acontecimientos.

Las ciudades de Europa parecen ser las flores que la niña homónima, raptada por el mítico Zeus, transformado en toro seductor, colocaba en su ancho cuello y en sus cuernos, mientras huía por regiones extrañas. Desde entonces, las ciudades europeas quedan ancladas en la intemporalidad del mito, para cumplir con su destino referencial, asociado a sucesos posibles de localizar en diferentes regiones, donde la cuenca del Mediterráneo se destaca de manera importante. Atenas, Palmira, Salamina o Troya son nombres llenos de contenido que suscitan la curiosidad de saber cómo eran sus muros, cómo la traza de sus contornos y las costumbres de quienes las habitaron, pero sobre todo cómo atestiguaron sus pasiones y creencias. Sólo el poder de la antigua Bizancio, transformada en Constantinopla y hoy llamada Estambul, desde siempre hilvanada de puentes que atan a Asia con Europa, pudo definir el límite, en ocasiones imperceptible, entre Oriente y Occidente. Sus mezquitas, basílicas y sinagogas convocan las diferentes creencias en un solo Dios revelado, con el aroma de sus rezos, el sacro ropaje de sus liturgias y el coro políglota de sus voces irreconciliables. 

A su vez, quedó fraguada la posibilidad de varias Europas que coparticiparían de tradiciones hermanadas, en una gama de expresiones múltiples. Frente a ella, Roma como cabeza imperial de Occidente, forjaría con Atenas el pensamiento grecolatino en el que convergerían los fundamentos de la tortuosa disputa por la razón, con los nacientes dogmas del cristianismo. El panteón ateniense y romano fue sustituido por el cristiano y Roma se convirtió en sede, con el apelativo de santa, del imperio de la cristiandad. Las miradas atónitas ante la magnificencia de la ciudad imperial ahora se encontrarían con los signos de la ciudad de Dios, confundidos con los del papado vigilante de la nueva verdad. Desde Aquisgrán el territorio europeo se conformó en torno a ciudades hechas de murallas y torres de catedrales góticas, amparadas por feudos que a manera de puntales abrían el trecho del mundo civilizado de la cristiandad sobre el mundo ininteligible, calificado —por eso— de bárbaro. 

Pero la presencia de nuevos pobladores irreverentes, profanos por su actividad comercial y adoradores del becerro de oro, modificó el paisaje ordenado de la ciudad medieval con la algarabía de los burgos y el atuendo de extraños venidos de otros lares. Las murallas se ampliaron, las actividades materiales se impusieron y una nueva ciudad emergió invadida de mercaderes en Génova, Gante, Lieja, Cambrai, Nuremberg, Ausburgo entre tantas otras. La vuelta al individuo encontró asiento en las ciudades del Renacimiento que como Florencia, la cuna del humanismo, Venecia, eslabón entre el medievo y el Renacimiento, entre el bizantino y el barroco, o en otras como Pisa, Padua, atestiguaron el hervor de la actividad humana, creyente en sí misma. Los viejos imperios y más tarde los Estados absolutos magnificaron ciudades que ratificaban con sus nombres su grandeza, como en la elegancia del trazo de San Petesburgo, la sacralidad de Moscú en el lejano reino de los zares o en la Viena del imperio austro-húngaro. 

Mientras tanto la disidencia iba quedando atrás entre los muros de ciudadelas y calles de ciudades proscritas: Carcasona, ya conocida desde antes de la era cristiana, sede de los cátaros proscritos por la cristiandad medieval; Avignon, sede de los papas contrarios a Roma; Granada, último baluarte de los moros, hasta donde llegó el séquito real para someterlos. Pero es en la historia reciente que los imperios coloniales expandidos por el mundo dieron a la ciudad su máximo esplendor, desde Amsterdam, París, Londres, Lisboa, embellecidas para que no hubiera duda del absolutismo de los reyes-dioses. En algunos casos, ciudadelas suntuosas sirvieron para dar exclusividad al recinto del rey y su corte, como lo hizo París con Versalles y Londres con Windsor.

Las antiguas ciudades tuvieron que enfrentar y a la postre doblegarse al desafío de la historia impuesto por el ímpetu implacable de la era industrial. Desde entonces, la máquina engendra otro tipo de ciudad con un vertiginoso rompimiento del tiempo y del espacio, acosada por el ímpetu de la urbe cuyos rasgos prefiguró con desparpajo la ciudad inglesa. Londres, Manchester, Liverpool son el emblema de este tipo de ciudad que sin miramientos surca los amplios territorios dibujados por los efectos sociales de las varias revoluciones industriales modernas. Al mismo tiempo, en el paso definitivo al mundo moderno, las ciudades europeas cumplieron misiones exclusivas, a costa de su tradición, para que se impusiera la beligerancia de la revolución política. Inicialmente Londres avizora en el siglo xvii, en el fatídico 30 de enero de 1649, el cambio de régimen con el sacrificio público del rey. Un siglo después, en 1789, París protagoniza el cambio radical que reconocería los derechos ciudadanos, negados por dioses, papas y reyes. En el torbellino de los hechos sangrientos se fraguó el modelo de revolución política por la que aspirarían en el XIX las colonias americanas y que en el XX continuarían Dublín, Barcelona y San Petesburgo.

El curso de la historia contemporánea se abre paso entre el fragor de guerras acompañadas de la destrucción y de la barbarie, con la ciudad como escenario, como protagonista o como nodriza de los múltiples intereses guerreros. El detonante en Sarajevo dio paso a la primera guerra mundial que, años más tarde, continuaría con mayor furor en la segunda guerra, triangulada por los poderes cómplices de Berlín, Roma y Tokio. En la vasta geografía intercontinental en la que quedaron atrapadas en ascuas cientos de ciudades y millones de seres humanos en las Europas del oeste y del este y norte de África, se impusieron el signo de la barbarie y el sentimiento de la destrucción, en una evidente regresión hacia el estado de naturaleza que Occidente creía ya superado. Al final, dos ciudades de extremo Oriente, Hiroshima y Nagasaki, fueron cruelmente inmoladas, sin que aún se sepa qué dios exigió semejante sacrifico a la humanidad.

También la paz acordada entre los pueblos y todos los esfuerzos por la convivencia humana, recursos a los que se ha acudido en muchas ocasiones para conjurar el permanente sentimiento de autodestrucción y de intolerancia, se ha designado con el nombre de aquellas ciudades que han atestiguado este intento. Alguna vez fue en el siglo xvii Wesfalia y en el siglo XVIIIi Utrech, como ante las hecatombes del siglo XX, lo fueron Versalles y Yalta.

Al paso por sus contornos, el poeta detiene en el tiempo a la ciudad con su nombre propio y con el ritmo de su canto registra su revelación. En ellas descubre sentimientos, evoca recuerdos, urde pasiones, perfila personajes, descifra enigmas y con la consagración del instante emanado de su propio antojo, podemos regresar a ellas cuantas veces queramos, siempre de manera diferente. Bajo la tutela de Blake, Baudelaire, Rimbaud o Villon que hicieron de su ciudad objeto de creación, en el siglo xx poetas de diversas nacionalidades le dan voz y materialidad con la palabra a las ciudades de Europa. Entre ellas, Amsterdam, vibrante ciudad cosmopolita del norte cuyos museos muestran las rúbricas originales de Rubens, Rembrandt y Van Gogh, y cuyas fachadas variopintas al delinearse en sus aguas encanaladas dejan ver su otro rostro extendido entre calles peatonales, terrazas y sus ochenta puentes, con sus tulipanes escasos de luz que de todos modos iluminan (Ivo)1 es interrogada a través de sus luces nocturnas por su alma (Salinas).

Atenas, madre de Occidente, posa en el otro extremo sobre el Mediterráneo, donde el cielo es omnipresente y una multitud de restos mortales vive y reina (Palamás).3 En Barcelona la primavera evoca el recuerdo ya lejano de alguna pareja que pudo ser de tres, perdida en los recodos asoleados de la ciudad y la nostalgia de una época feliz que ahora en el presente los avatares de la industrialización ponen en evidencia que todo era ilusión (Gil de Biedma).4 Berlín es otra en primavera, cuando todos cantan, porque en invierno cierra el rostro para que no se le hiele el alma. Pero al llegar esta juventud primaveral, se inicia al mismo tiempo su envejecimiento (Castillo).

Al describir aflora el tedio y en ese mismo acto la ciudad se va agotando como si no hubiera nada (Kunert), donde no ha cambiado nada ni nada importante ha sido construido desde la época del rey de Prusia (Larbaud),7 ciudad llena de perrunos amantes y lealtad canina (Swaanswijk). Otros elementos identifican a Estocolmo con sus vendedoras de periódico, vestidas de azul claro, los jardines de los restaurantes con sus clientes ebrios, la estatua de Carlos XII, el Stromparterren (Larbaud).

En la Gran Bretaña, la antiquísima Io, la antigua Londinium, la actual Londres, desde siempre bañada por el Támesis, con sus parques, puentes y museos, la City, San Pablo, Westminster, Buckinham, Westend, Hampton Court, la Torre, plenos de evocaciones y recuerdos, memoria de épocas contundentes, que el poeta alaba como magnífica ciudad, pero que sólo le basta el Picadilly para expresar su rechazo y deseo de huir ante los otros diferentes, entre quienes los hippies son calificados de estúpidos (Becerra ).10 

La ciudad vista desde el puente de Londres al paso de las multitudes, deja ver los contrastes por los que desfilan el boato de los cortesanos, la miseria de andrajosos y el dolor de los obreros que ya Blake había descrito en el xvii, parece ahora en una ciudad irreal en la que todos los tiempos intervienen (Eliot),11 con la lectura de sus placas azules como homenaje a tantas celebridades de las letras y las ideas —desde Engels hasta Orwell— que han vivido aquí (Fraire).12 En una de las posibles rutas por el Green Park de nuevo el Picadilly y el Támesis en el que navegan en sueños personajes históricos, incluso el palacio de Buckingham y las meninas de la reina (Larbaud)13 a cuyo paso la irrealidad de la ciudad se duplica, mientras en la noche la luna arde muy dentro del agua (Pacheco).14 

La amplia tradición de inmigrantes que le ha dado riqueza y colorido a la ciudad —desde que Cronwell en el xvii permitió el regreso de los judíos— se ve desde la estatua de Nelson, con el distintivo que le otorga cada oficio de diversas procedencias nacionales: cocineros chinos, indios e italianos que inventan artificios, ismaelitas que venden cordero, africanos que manejan ascensores, colombianos, portugueses, chilenos, uruguayos, cariocas... (Pinto).15 Como cicatriz de una herida el bombardeo de la segunda guerra permanece en la memoria de la ciudad —en otras épocas azotada por el fuego o la epidemia— como la gran fiesta de la muerte ciega que entre el mugir de la sirenas dibuja el paisaje de humo y sangre (Souppault),16 mientras un viaje alucinado lleno de las aventuras insólitas e inimaginables sigue su curso por entre calles enmarañadas y multitudes extrañas (Yur-kievich),17 que en diálogo nostálgico y angustiado sus lugares permiten evocar junto con el Támesis calles, bares, museos, la presencia de alguien a quien implora para que interceda ante esta Londres inmensa y triste (Bandeira).

Otra es París, existente desde su legendaria fundación en la Cité por tribus venidas del este, denominada Lutecia por los romanos, permanecerá con sus palacios, templos y galerías medievales, renacentistas y clásicos como la ciudad del arte y la política que supo acabar con el derecho divino para devolverlo a los ciudadanos. La torre Eiffel sobresale entre el sabor a antiguo, más bien religioso, como pastora de rebaños de autobuses mugientes e inmigrantes, mientras se anda solo entre la multitud (Apollinaire).18 No hay duda de sus lugares y personajes de recuerdo, el vino, el bistrot, el barrio latino y Verlaine y Rimbaud (N. Guillén)19 y los imperecederos, como Notre Dame, Montmartre, el Sena, el obelisco, las mismas calles que atan al que se quiera marchar (Huidobro)20 y que son por las que transitan millones de pies indiferentes agudizadores de la soledad con la torre Eiffel, modelo de genio y técnica, como interlocutora a la que el poeta le propone irse a Moscú y dejar, con la complicidad del metro, este lugar de podredumbre (Maiacovski).21 Quizás el tiempo de ultratumba también pueda ser evocado por la ciudad a la cual se puede regresar para constatar que ya no existe nadie (Milosz).22

Y entre todos los momentos que se suceden en el trajín parisino, el del amanecer es el más propicio para escuchar los mejores cantos que la ciudad prohija a sus hijos desdichados (Restrepo).23 Para otros, es el anochecer sentado en la terraza de algún café degustando fantasías de viajes por lugares lejanos, sin que nunca se haya salido de París (Souplaut).24 Pero París no es sólo de noches de bohemia, también es de día radiante de luz con catedrales, parques verdes, castaños, árboles en Montparnasse, pinceles en Montmartre, el Sena que dibuja el paisaje, pues su verdad está en el meridiano (Vega).25 En el cosmopolitismo palpitante de París se vive la aventura de lugares y personajes en movimiento permanente como la vida (Yurkievich).26 Otra es la ciudad solitaria de provincia que al existir en el mapa da identidad a quien en ella nace o a quienes han vivido allí, como Klee o los antiguos guerreros romanos y griegos (Muñiz).27

En la península ibérica, bañada por el Atlántico y el Mediterráneo, España y Portugal adquieren vida a lo largo y ancho de sus ciudades memorables. En España, al norte, Bilbao sobre el Cantábrico evidencia las mil maneras de conocer a una ciudad con su luz de plomo y ruido de tabernas, gatos, mujeres, monjas y bocadillos de jamón, en su recurrente ritmo de muerte y placer (Goytisolo).28 Al sur, sobre el Mediterráneo, Cádiz es memoria de tiempos antiquísimos que la equiparan a una piedra porosa de laberintos minúsculos... todo horadado por el tiempo, lugar de sal y sol que oculta el secreto ancestro del poeta (Mutis).29 Al oriente, sobre el Mediterráneo, Barcelona, núcleo de las raíces catalanas, con su puerto, sus lugares de bulla que permiten evocar el tiempo de tres a través de un yo que guarda nostalgias y rencores exacerbados por el presente burgués en decadencia y que ya no es más que una ilusión (Gil de Biedma).30 Al centro, Madrid, capital desde comienzos del xvii, sabe guardar en sus entrañas de catástrofe y gloria el germen de su futuro hasta en los momentos de su terrible aurora cuando el poeta quiere ayudarla a dar a luz (Alberti).31 También momentos opuestos de catástrofe y gloria forman las entrañas de esta ciudad a la que se le canta en la imposibilidad de aplacarla con fuego para declararle la pertenencia como a la casa, como a la existencia (Hernández),32 y en la que el recuerdo del tiempo anterior yace en sus calles como cabelleras para que emerja la figura de Aleixandre (Neruda).33

Otras ciudades desfilan por el vasto territorio con el registro de sus evocaciones. Santiago de Compostela, con su halo de fe, alimentada por peregrinaciones de creyentes, es vista en sus rasgos contrapuestos, pero en particular como isla de Cristo en la melancolía (Ridruejo).34 Segovia, donde fue proclamada, a fines del xv, la implacable Isabel la Católica como reina de Castilla, es dibujada con sus arboledas, sus arcos romanos y sus muros (Ridruejo).35 Sevilla antiquísima y codiciada en todas las épocas, es un mosaico arquitectónico en que conviven lo morisco, lo gótico, lo románico; guarda el Archivo General de Indias y al no poderse disociar del Guadalquivir y la Giralda, con sus patios de azahares, mujeres y plazas de toros (Girondo),36 permanece como si hubiera sido cortada a la medida humana (Melo Neto);37 y los toros que la pisotean complementan las contradicciones de su sangre (Hernández).38

Toledo, las muchas ciudades que fue desde cuando sirvió de sede al convivio entre las grandes religiones —judía, mahometana y cristiana—, en alguna época capital del imperio; el Tajo y sus calles confundidas con el aire (Campos).39 Málaga, colgada sobre el Mediterráneo, parece reinar bajo el cielo sobre las aguas, ciudad madre y blanquísima llena de vivencias y recuerdos de días alegres (Aleixandre).40 En Portugal, su capital Lisboa es la ciudad de la infancia, incitadora del recuerdo triste y alegre, que formula una pregunta crucial al poeta que, ante el tiempo, se cuestiona si es el mismo que aquí vivió y aquí volvió (Alvaro de Campos).41 

En Italia las ciudades portan tradiciones desde tiempos remotos al paso de pueblos y costumbres, en las que las experiencias como las de sus ciudades-Estado han quedado para siempre. La eterna Roma, la capital, confundida con la leyenda, origen de personajes míticos del mundo latino y la posterior transformación en una pugna entre hermanos, de la que Rómulo sale bien librado para trazar el círculo que rememora el Palatino, es un dechado de épocas imperecederas, cofre que guarda en su arquitectura el ímpetu de las pasiones y el poder. El imperio dejó sus huellas y el papado convertido en Estado-iglesia se apoderó de su nombre. Por eso el poeta la trata así: "por secreta, por libre, por romana... la graciosa, la santa, la putana" (Alberti).42 Inseparable del Tíber con su cloaca Massima, hasta una imagen cinegética para pensar en la ley discontinua de la materia (Becerra);43 pensamiento la avenida Marconi, el Coliseo y la estación Trastévere, como una maestra que enseña las pequeñas cosas de la vida (Pasolini).44

Florencia, la Atenas del norte, cuna del Renacimiento y el paso silencioso del Arno y en la que irse es una manera de quedarse (Villavicencio). Génova, recordada por su puerto en el que la sordidez se transforma en lujuria que no distingue sexos (Alvarado).45 Milán, la ciudad a la que el catolicismo desde el 313 le debe todo, es reconocida como maestra férrea y, pese a su estrechez, escuela de aprendizaje de virtudes (Morábito).46 Venecia con su catedral, su plaza y sus canales y góndolas, flota en un recodo del Adriático, como testimonio de la gran ciudad-Estado que fue, llave entre Oriente y Occidente, se define en las tardes con el colorido crepuscular de septiembre (Cardarelli).47 Y en el extremo del Adriático, Trieste, lindante con los Balcanes, es un tumulto en el que el bullicio del puerto con todas sus aristas de suciedad y pureza permite el reencuentro con la vida (Saba).48

 
 
 
 
 
 
 
 
   

Otras ciudades dispersas por Europa central y del este, con su mestizaje cultural y étnico, como Praga, la ciudad de Kafka, se mira en el espejo que a diario le ofrece el Vitava para que contemple su belleza mezcla de barroco, gótico y las fachadas románicas que parecen hablar con muchas voces que quisieran ser escuchadas para siempre (Flores),49 sin que por eso el horror deje de rondar su monumentalidad oxidada y sus palacios sin reyes, lo mismo que el recuerdo de la identidad asediada, la lengua, la etnia, ser judío, vivir en Praga, escribir en alemán (Vázquez).50 

Sarajevo, tan definitiva en el azaroso historial del xx, pareciera portar el signo de un destino fatal que el poeta avizora como un invento alrededor de un tiro de pistola (Durrell).51  Leningrado, la misma San Petersburgo que tuvo que esperar el fin de la guerra fría para recuperar su nombre, permanece con su encanto sobre el Báltico, cruzada por el Neva, con el recuerdo, desde su fundación, de muertos que no han dado nombre a su calles, Pedro I, Pushkin, el obrero, una niña tejedora del suburbio, huelgas, fábricas, bufones, Lenin, artífices de su denominación (Leyva).52 Moscú, castigada como la Babilonia del XX por su opción bolchevique, es contemplada en invierno en los meandros del Moscovia, la calle Gorki a las seis de la tarde, el Bolshoi, el monumento a Pushkin, mientras se olvida el tiempo y la memoria (Bustamante).53 Novgorod es una estampa dibujada entre el vuelo de los pájaros negros y blancos a la llegada de los santos (Bobrowski)54  y Stalingrado, comparada con las grandes ciudades, con su fría voluntad de resistir emerge con gran poder, llena de esperanzas (Drummond).55 

El recorrido poético por las ciudades es también la ocasión para volver sobre la paradójica historia del continente. Como nunca, en la historia de la humanidad, las ciudades de Europa, con la impronta de ser las portadoras de la cultura occidental, han estado —en este siglo de guerra y paz, de ciencia, tecnología y de arte y de incursión en el mundo sideral— tan presentes en el arduo aprendizaje de la humanidad.• 

*Miguel Arnulfo Ángel es profesor-investigador en el Departamento de Política y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Es licenciado en sociología por la Universidad Nacional de Colombia, maestro en sociología por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y diplomado en letras modernas por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. En 2000 apareció su libro Voces con ciudad, bajo el sello de Difusión Cultural de la UAM.

Notas

 1"La noche en Amsterdam", en Ledo Ivo, Las islas inacabadas, traducción de Maricela Terán, México, UAM, 1985. 

 2"Amsterdam", en Pedro Salinas, Poesías completas, Barcelona, Barral, 1975.

 3"Atenas", Kostis Palamás, en Carmen Chuaqui, Poesía griega moderna, México, UAM (Cultura Universtaria, 35), 1986.

 4"Barcelona ya no es Bona o mi paseo solitario en primavera", en Jaime Gil de Biedma, Poesía española contemporánea (1930-1980), Madrid, Alhambra, 1989. 

 5"En Berlín la primavera llega", Otto René Castillo, en Mario Benedetti, Poesía trunca, La Habana, Casa de las Américas, 1977.

 6"Berlín", Gunter Kunert, en Homero Aridjis, Antología del festival de poesía de México, México, El Tucán de Virginia, 1988.

 7"VIII, Berlín", en Valery Larbaud, Obras escogidas de A. O. Barnabooth, traducción de Ulalume González de León, México, Vuelta (El Gabinete Literario), 1987.

 8"Gross-Berlín, 1956", Swaanswijk Lubertus Jacobus, en Francisco Carrasguer, Selección de poesía universal, Barcelona, Plaza y Janés, 1978.

 9"Estocolmo", Valery Larbaud, en Obras escogidas de A .O. Barna-booth, op. cit.

 10"Londres", en José Carlos Becerra, El otoño recorre las islas, México, Era /sep (Lecturas Mexicanas. Segunda Serie, 10). Voces..., p. 411. 

 11"Tierra baldía", Thomas Stearns Eliot, El sermón del fuego. La tierra baldía, Madrid, Avantos Swan (El Compás de Oro), 1985. Voces..., p. 412. 

 12"En las calles de Londres", en Isabel Fraire, Puente colgante. Poesía reunida, México, UAM, 1997. Voces..., p. 414.

 13"Londres", Valery Larabaud, Obras escogidas de A. O. Barnabooth, op. cit. Voces..., p. 416. 

 14"Londres", en José Emilio Pacheco, Tarde o temprano, México, fce, 1986. Voces..., p. 417.

 15"Trafalgar Square", en Germán Pinto, De entre cenizas y el laurel, en Panorama inédito de la nueva poesía colombiana, Bogotá, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, 1986. Voces..., p. 419. 

 16"Oda a Londres bombardeado", Philippe Soupault, en Julio Ulloa, Antología de poesía surrealista, traducción de Guillermo de Torre, México, Coma, 1981. Voces..., p. 423. 

 17"Visite Londres", en Saúl Yurkievich, Rimbomba, Madrid, Peralta, 1978. Voces..., p. 430. 

 18"Zona", en Guillaume Apollinaire, Obra escogida, traducción y selección de José Manuel, Barcelona, Teorema, 1982. Voces..., p. 448.

 19"París", en Nicolás Guillén, Obra poética 1958-72, t. II, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1973. Voces..., p. 449.

 20"Adiós", Vicente Huidobro, en Julio Caillet Bois, Antología de la poesía hispanoamericana, 2ª ed., Madrid, Aguilar, 1965. Voces..., p. 451.

 21"Conversación con la torre Eiffel (París, 1923)", en Vladimir Maiacovski, Obras escogidas, t. IV, Buenos Aires, Platina, 1959. Voces..., p. 455. 

 22"Y brillaba esta ciudad", Czeslaw Milosz, en Los grandes de la poesía moderna. Poetas europeos, selección, traducción y notas de Jan Zych, México, unam, 1984. Voces..., p. 456. 

 23"Jean Pierre Leaud (poema encontrado en uno de sus bolsillos)", Elkin Restrepo, en Luz Eugenia Sierra, Poetas en abril, vol. V, Medellín, Sociedad de la Imaginación, 1987. Voces..., p. 457.

 24"Westwego", Philippe Soupault, en Julio Ulloa, Antología de poesía surrealista francesa, op. cit. Voces..., p. 459. 

 25"París, canción de día...", Julio de la Vega, en Eduardo Mitre, El árbol y la piedra (poetas contemporáneos de Bolivia), Caracas, Monte Ávila, 1986. Voces..., p. 462. 

 26"París pulsátil", en Saúl Yurkievich, Acaso acoso, Valencia, Pretextos (Poesía), 1982. Voces..., p. 467. 

 27"Hyeres", en Angelina Muñiz Huberman, El ojo de la creación, México, unam, 1992. Voces..., p. 403.

 28"Bilbao Song", en José Agustín Goytisolo, A veces gran amor, Barcelona, Laia, 1981. Voces..., p. 394. 

 29"Cádiz", en Álvaro Mutis, Suma de Macroll el gaviero, México, fce, 1995. Voces..., p. 396. 

 30"Barcelona ya no es Bona...", op. cit. Voces..., p. 384. 

 31"Madrid-otoño", en Rafael Alberti, El poeta en la calle, Barcelona, Seix Barral, 1978. Voces..., p. 431.

 32"Madrid", Miguel Hernández, en Juan Marinello, Miguel Hernández, México, Presencia Latinoamericana, 1981. Voces..., p. 434.

 33"¡Ay! Mi ciudad perdida", Pablo Neruda, en Roque Esteban Scarpa, Antología de la poesía chilena contemporánea, Madrid, Gredos, 1968. Voces..., p. 436.

 34"A Santiago de Compostela", en Dionisio Ruidrejo, Hasta la fecha, poesías completas (1934-1959), Madrid, Aguilar, 1961. Voces..., p. 493. 

 35"A Segovia", Dionisio Ruidrejo, Hasta la fecha..., op. cit. Voces..., p. 495. 

 36"Croquis sevillano", en Oliverio Girondo, Obra, 3ra ed., Buenos Aires, Losada, 1991. Voces..., p. 499. 

 37"Sevilla", en Joao Cabral de Melo Neto, Ingeniero de cuchillos, traducción, selección y prólogo de Ángel Crespo, México, Premiá, 1982. Voces..., p. 498.

 38"Visión de Sevilla", Miguel Hernández, en Juan Marinello, Miguel Hernández, op. cit. Voces..., p. 502. 

 39"Grabados españoles (1)", en Marco Antonio Campos, La experiencia en la tierra, México, unam (Material de Lectura, 146), 1989. Voces..., p. 506. 

 40"Ciudad del paraíso", en Vicente Aleixandre, Mis poemas mejores, Madrid, Gredos, 1968. Voces..., p. 438.

 41"Lisbon revisited", Alvaro de Campos, en Fernando Pessoa, El poeta es un fingidor, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1982. Voces..., p. 408. 

 42"Guía de Roma para españoles", en Rafael Alberti, 101 sonetos (1924-1975), Barcelona, Seix Barral, 1980. Voces..., p. 475.

 43"Roma", en José Carlos Becerra, El otoño recorre las islas, op. cit. Voces..., p. 476.

 44"El llanto de la excavadora (Las cenizas de Grasmsci)", Pier Paolo Pasolini, en Antología breve. Poetas mediterráneos, selección, traducción y notas de Guillermo Fernández, México, unam (Material de Lectura, 96). Voces..., p. 477. 

 45"En Génova", en Harold Alvarado Tenorio, Espejo de máscaras, Medellín, Universidad Nacional de Colombia, 1987. Voces..., p. 401. 

 46"Milán", en Fabio Morábito, Lotes baldíos, México, fce, 1984. Voces..., p. 439. 

 47"Septiembre en Venecia", en Vicenzo Cardarelli, Breve jornada, selección, versión y prólogo de Marco Antonio Campos, México, El Tucán de Virginia, 1987. Voces..., p. 508. 

 48"Ciudad vieja", Humberto Saba, en Revista de la Universidad de México , traducción de Guillermo Fernández, núm. 509, México, unam, junio, 1993. Voces..., p. 507.

 49"Fronda rumor de Praga", en Miguel Ángel Flores, De sombra de vida, México, UAM (Molinos de Viento), 1987. Voces..., p. 471. 

 50Praga (1982), Manuel Vázquez Montalbán, Barcelona, Ocnos, 1982. Voces..., p. 472.

 51"Sarajevo", en Lawrence Durrell, Poemas escogidos, traducción y prólogo de María Martín Triana, Madrid, Visor, 1982. Voces..., p. 494. 

 52"Leningrado", en Waldo Leyva, Con mucha piel de gente, La Habana, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1983. Voces..., p. 404.

 53"Moscovia", en Jorge Bustamante, Panorama inédito de la nueva poesía colombiana, Medellín, Nueva Biblioteca Colombiana, 1986. Voces..., p. 440. 

 54Novgorod (La llegada de los santos), Johannes Bobrowski, 2a ed., traducción Elizabeth Siefer, Berlín, Unión Berlag, 1968. Voces..., p. 442.

 55"Carta a Stalingrado", en Carlos Drummond de Andrade, Reunido, 9a ed., traducción de Alfredo Coello, Río de Janeiro, Libraría José Olympio Editora, 1978. Voces..., p. 503. 
 

Donde se indican, las citas aparecen en Miguel Arnulfo Ángel (comp.), Voces con ciudad, México, Universidad Autónoma Metropolitana (Molinos de Viento. Serie Mayor. Poesía, 132), 2000.