Un libro tiene dos autores: el escritor y el lector

Jean-Jacques Brochier

Entrevista a Michel Tournier*

Durante unos diez años usted dirigió la sección de literatura extranjera y de traducción en la editorial Plon. ¿Escribía usted en esa época? ¿Por qué no publicó nada entonces?

En 1950 abandoné la idea de hacer una carrera como profesor de filosofía, y a partir de ese momento viví de lo que pude, traducciones, emisiones de radio, luego la dirección de la sección de literatura extranjera en la editorial Plon. La primera novela que publiqué (Viernes) ya estaba terminada en 1965. En fin, durante quince años estuve tanteando y llené los cajones de mi escritorio de escritos abortados, cada vez menos como es de suponerse. El penúltimo ya se podía publicar. Era la primera versión de El rey de los alisos, muy satisfactoria, en mi opinión.

Mi problema era encontrar un puente entre la filosofía y la novela. Entre la verdadera filosofía (a la manera de Hegel) y la verdadera novela (a la de Zolá), rechazando la "novela filosófica" (Voltaire), que no es ni verdadera filosofía ni verdadera novela. Ese puente lo encontré gracias a los mitos eternos y siempre vivos: Robinson Crusoe y Viernes (Club Mediterranée por un lado y los trabajadores inmigrados por otro). El Ogro (la guerra que devora a los niños), los gemelos (el mito de la pareja humana). Esta búsqueda explica la demora con que comencé a publicar.

El éxito vino a coronar inmediatamente sus libros, con el Gran Premio de la Academia Francesa para Viernes o los limbos del Pacífico, y con el Premio Goncourt por El rey de los alisos. ¿No le da este reconocimiento oficial un aspecto particular a lo que usted escribe trivializándolo, por no decir que "recuperándolo"? ¿Qué piensa usted en general del éxito público y de los escritores "malditos"?

El éxito llegó pronto, pero mis libros habían salido tarde. En cuanto a saber si me he dejado "recuperar", quisiera simplemente hacer una pregunta; antes de publicar mi novela Los meteoros, había obtenido el Premio Goncourt, había ingresado a la Academia Goncourt y El Fígaro publicaba mis crónicas. ¿Perjudicó esta consagración a Los meteoros? Uno de los más grandes críticos de la actualidad tituló su reseña "Hueco y lleno de basura" y escribió que no podía dar cuenta de mi libro de una manera apropiada, porque para eso haría falta que su periódico se imprimiera en papel higiénico.

El personaje del ogro lo fascina: Abel Tiffauges en El rey de los alisos, el ogro hippie de El urogallo. ¿Por qué? ¿No se trata del mismo personaje visto desde ángulos diferentes?

Por supuesto, el ogro de El rey de los alisos y el de El urogallo son semejantes. Ambos son asociales (no se sienten a gusto sino en los bosques), prefieren los árboles y los animales que a los hombres, y desde luego les gustan los niños. Con ternura y crueldad. Los apartan de la vía social. No se los comen necesariamente. Por el contrario, les dan de comer, una acción opuesta pero también muy satisfactoria.

Usted escribió muy pronto una versión de Viernes para niños. ¿Quiere decir eso que era un cuento para adultos?

No me costó trabajo alguno sacar Viernes o la vida salvaje de Viernes o los limbos del Pacífico. Algún día haré igualmente versiones para jóvenes de El rey de los alisos y Los meteoros, pues me lo ha impedido la urgencia de las cosas nuevas que tengo que escribir. En realidad, todo o casi todo lo que escribo es infantil, y eso se debe a mi inspiración mítica. El mito es infantil en la base, metafísico en la cima. De Viernes, por ejemplo, Antoine Vitez hizo un espectáculo teatral para jóvenes en el Palais de Chaillot, mientras que Gilles Deleuze realizó un espectáculo filosófico (el postfacio de la edición Folio).

Los meteoros, según me dijo usted, es una novela escatológica. ¿Cuál es la función de esa escatología?

¿La escatología? Dije que hacía novelas con la filosofía, pero el hecho es que al echarla en la marmita novelesca la ontología se transforma parcialmente en escatología. En todas mis novelas hay un nivel indecente: el muladar en Viernes, la defecación en El rey de los alisos, la basura en Los meteoros; después uno despega y se va al cielo. No hay nada como la basura para lastrar al mito y obligarlo a tocar tierra. Yo obedezco a una estética de lo maravilloso sórdido. Acuérdese usted de Piel de asno, la obra maestra de Perrault. Un rey le debe su fortuna a un asno que caga oro, y poseído por una incestuosa pasión por su propia hija, la desdichada se cubre con la piel ensangrentada del animal para desanimarlo. Algo soberbio y al mismo tiempo infecto.

Tanto la izquierda como la derecha se le echaron a usted encima por una frase de El viento Paracleto acerca de Brasillach. ¿Cree usted que hubo una lectura injusta? ¿Qué quería decir usted exactamente?

Para mí, la nacionalidad es igual a la lengua. Cualquiera que hable y escriba en francés, para mí es francés. Tanto más mientras mejor lo escriba y hable. Por eso los escritores franceses son más franceses que los demás franceses. La mayoría de los franceses en Francia son "fuereños" en comparación con Léopold Senghor, un gran poeta de raza senegalesa a quien se llamó para redactar la constitución francesa en 1946. No hay una posición más antirracista. Cuando escribí que los jueces de Robert Brasillach eran unos metecos frente a él, quise decir simplemente que no escribían tan bien como él. Naturalmente, algunas personas bien pensantes tuvieron la deshonestidad de citar mis palabras de modo que dijeran lo contrario de lo que yo pensaba y que se podía sacar del contexto.

¿Qué importancia tiene para usted la cultura? ¿Puede ser exclusivamente nacional? ¿Qué escritores son para usted los más importantes?

Una cultura puede ser limitada y por eso mismo más profunda. Puede ser exclusivamente francesa, judía, católica, marxista, heterosexual.

En lo que se refiere a mis "faros", para hablar de Baudelaire, primero están los filósofos, Spinoza especialmente, y dentro de la literatura mi santo patrón sería Flaubert, mi novelista contem-poráneo Thomas Mann, y mi padre espiritual Jean-Paul Sartre.

Por lo demás, no hay nada como una larga aclimatación en un país extranjero para que uno se hunda en sus características nacionales. Para mis amigos alemanes, soy la encarnación del tipo francés, hasta la caricatura. A menudo tengo la misma impresión cuando en París trato españoles que emigraron hace mucho tiempo. Se diría que su exilio los convirtió en españoles al cuadrado.

Usted me comentó que Hitler era un latino, todo lo contrario de Alemania; que Hitler nunca hubiera podido ser alemán. ¿Por qué?

Hitler era católico y austriaco. El movimiento nazi nació en Baviera. Se trata de un movimiento "sudista" completamente extraño a la Prusia protestante. El fascismo tiene algo en común con el comunismo, no es posible sino en los países católicos (Italia, España, América Latina) u ortodoxos (Rusia). En los países protestantes (Inglaterra, Prusia, los Estados Unidos) se le rechaza por su misma naturaleza. La toma del poder por Hitler en 1933 era la revancha del sur alemán contra Bismarck, quien había asegurado la hegemonía de Prusia sobre toda Alemania. Hitler siempre tuvo problemas con la Wehrmacht, infiltrada por los prusianos, y el atentado del 20 de julio de 1944, ejecutado en Prusia, fue obra de todas las grandes familias de la nobleza prusiana.

Este origen del nazismo explica en parte que haya sido rápidamente asimilado por ciertos medios franceses durante la ocu-pación. No hay que olvidar que si el cerebro de la ocupación era alemán, sus ejecutantes eran franceses. Son los franceses quienes hicieron la gran redada antijudía del Vel d´Hiv y la ma-sacre de Oradour.

Tanto en El rey de los alisos como en El viento Paracleto está presente su relación particular con Alemania. ¿Podría usted tratar de definirla tanto política como cultural e históricamente?

Mi origen filosófico basta para dar cuenta de mi orientación ger-manista, y el fenómeno es todavía más evidente en mi maestro Jean-Paul Sartre. Lea el más importante de sus libros, El ser y la nada, y cuente a los filósofos citados, cuyo 80% son alemanes. Sartre estudió en Berlín. Yo, más modestamente, en Tübingen. Él antes del nazismo, yo después.

El urogallo es un libro de cuentos y relatos, en el que a veces retoma usted temas que ya estaban en sus novelas. ¿Cómo definiría el cuento con respecto a la novela? ¿Cómo puede uno trasladar de la novela al cuento un tema, una aventura o el fin de una aventura contada en otra parte?

Lo que pasa en efecto es que algunos temas me persiguen hasta el momento en que me decido a atacarlos de frente para liquidarlos. Así me ocurrió con la gemelidad, que abordo en Viernes, luego en El rey de los alisos ya ocupa un lugar más importante y al final es el tema de Los meteoros.

En otros casos, hay modificaciones que pueden llegar hasta la inversión. En El rey de los alisos, el héroe (que se llama Abel) se identifica con la raza de los nómadas, se siente hermano de los gitanos y de los judíos masacrados por los nazis, sedentarios e inveterados (culto de la tierra y de la sangre), hijos de Caín. En el primer cuento de El urogallo retomo la historia del sedentario Caín y del nómada Abel, pero esta vez Caín es perseguido por Abel que goza del favor del "poder", representado por Yahvé. La verdad histórica se reparte entre estos dos tipos de persecución. En la actualidad, los sedentarios son constantemente pisoteados por los nómadas, se le da prioridad absoluta al automovilista, al aviador, al navío petrolero de carga, a costa del transeúnte que debe soportar toda la contaminación que trae consigo la sacrosanta circulación. La ciudades se vuelven cada vez más circulables, no importa que al mismo tiempo resulten cada vez menos habitables.

A diferencia de la novela, el cuento permite aislar un tema, tratarlo por sí mismo, con riesgo de invertir su significación al agrandarlo, pero hay homogeneidad, y mis novelas son cuentos encabalgados.

Usted ha escrito cuentos para niños. ¿En qué se diferencian tanto sustancialmente como por su forma?

De las catorce narraciones de El urogallo, la de Amandina apareció ya como un álbum para niños, y la de la fuga de Pulgarcito también. Había un proyecto parecido para la familia Adán, pero la colección desapareció. La historia más cruel, la de Tupik, un joven que se castra con una navaja de rasurar, también podría publicarse como un álbum para niños, si editores y libreros no fueran tan cobardes. Se trata, en todo caso, de un tema para jóvenes. En cuanto a los otros relatos yo creo que a los niños no les interesan las historias de parejas; un señor y una señora que se aman, disputan y se reconcilian es algo que los hace bostezar de aburrimiento. También a mí por lo demás. Pero abordo el tema como un reto, para probarme que incluso en ese campo puedo ganarle a los especialistas, Maurois, Chardonne, Geraldy, Bourbon-Busset.

Todo lo que usted escribe tiene una forma precisa y también cierta forma de humor. ¿Cuál, en su opinión? ¿Qué importancia tiene para usted el humor?

Espero que el humor se sienta en todo lo que escribo. Si no, mala suerte. El humor que me interesa quebranta en lo profundo todo el edificio de nuestras ideas, convicciones, reglas del juego, etc. Se trata de lo que llamé humor blanco en El viento Paracleto, y Denis de Rougemont me acaba de dar un buen ejemplo. El príncipe Antoine Bibesco visita la mansión de un hombre rico y refinado; la casa es un paroxismo de belleza, de lujo y rebuscamiento. Finalmente Bibesco se deja caer en un sofá diciendo "¿No sería mejor nada?" Es un humor que agrava lo dicho en vez de aligerarlo, cuya fórmula podría ser, mientras más me río, menos bromeo.

Se puede considerar El viento Paracleto como una larga reflexión sobre el arte de escribir. ¿Cómo definiría ese arte? ¿Qué es para usted un gran escritor? ¿Cómo se despliega su trabajo de escritor tanto en relación con la realidad como respecto a la imaginario?

Sí, El viento Paracleto es un ensayo de estética literaria, pero también es una tentativa autobiográfica que evoluciona de ma-nera curiosa. Más o menos logro evocar mi infancia y mi adolescencia, pero cuando llego a la época en que comienzo a publicar me esfumo completamente tras los libros. Es algo instructivo. Tal vez el escritor -único en su género- no puede distinguir entre su vida y sus libros. El oficio de escritor invade una vida completamente, pues no es posible soltar la pluma y pensar en otra cosa. Aun si se piensa en otra cosa, la obra está allí, presente y activa, y se hace de sí misma inconscientemente. Un escritor no puede perder el tiempo, todo lo que le pasa se convierte de inmediato en ingrediente.

¿Decir ahora lo que es un gran escritor? Para ello haría falta, me parece, que hablaran los lectores. Un libro tiene dos autores, el escritor y el lector. Sin lector, no hay nada. Los libros que se escriben en nuestros días no existirán dentro de un siglo o dos sino en la medida en que tengan lectores. Ellos son los que elegirán. A ellos les toca decir quién es un gran escritor.

* Michel Tournier (Francia, 1922) es autor de las siguientes novelas: Viernes o los limbos del Pacífico, El rey de los alisos, Los gemelos y Gaspar, Melchor y Baltazar, así como de El medianoche amoroso y otros libros de cuentos y ensayos.

Traducción de Juan José Barrientos