Pellicer y su poética del viaje
* Álvaro Ruiz Abreu
 

La actitud errante de Carlos Pellicer (1897-1977) puede leerse de varias maneras, pero es evidente que se trata de una respuesta al "espíritu de su tiempo", a su intento por apropiarse de "lo otro", penetrar en el espacio y el tiempo desconocidos que siempre esperan al hombre en su aventura hacia el paraíso al que finalmente lo conduce el viaje. La poesía que Pellicer produjo durante su viaje a Europa en los años veinte es prolífica y peculiar, en ella se encuentran algunos de sus más extraordinarios momentos poéticos. Se alimenta del mundo observado, y me parece que no ha sido atendida de manera suficiente. Es un esfuerzo constante por llegar a la estación poética que le daría la inmortalidad literaria en nuestras letras.

En 1925 Pellicer inició un viaje por el mundo que se prolongaría hasta 1928. Su destino era Europa; caminó sin un plan rígido, atendiendo el impulso y la impresión de la tierra nueva a sus ojos. Caminó a la deriva. Holanda, Francia e Italia. Pero el sentido particular de esta gira es que en cada ciudad Pellicer escribe un poema que es descripción de la mirada del viajero y canto lírico de sus sensaciones; es decir, sobre el camino imprime tanto el descubrimiento de la nueva realidad como el trabajo poético que se manifiesta en una escritura libre, impresionista, que raya en la fiesta de los sentidos frente a los colores del paisaje y del alma humana; es una escritura fresca y, sin embargo, madura, en la que se reafirma su vocación literaria.

Atento al movimiento de las ciudades y al ritmo que va encontrando en ellas, va dejando la huella de su escritura por todas partes, sus poemas parecen la imitación de la realidad visitada y de la que imagina, de las imágenes del pasado y de su experiencia. Combina la poesía con la impresión del viaje. En Brujas escribe, por ejemplo, "Concierto breve", 1926, un derroche de imágenes del silencio imposible del poeta, del tiempo que lo sacude ahí, en esa aduana de la luna.

Eres una ciudad o uno de mis mejores recuerdos. Regálame tu castidad, mira mis llagas.

Brujas es una "aduana de la luna", una estación de los adioses, también es "navegación del cisne, invitación al viaje". El poeta le pone hora y ritmo a la ciudad, recrea la vida de los holandeses; transfigura el sentido de las cosas usando el valor y la musicalidad de las palabras.

Pellicer fue poniendo fecha y lugar a la escritura producida durante el viaje. En diciembre de 1926 va a Rodas y escribe un poema1 recogido más tarde en las "Variaciones de un tema de viaje":

Una mujer de pájaros y frutas
esclarecía en Rodas la mirada
del que ciñe la esfera de las rutas. 

 
 

De todo ese largo viaje Pellicer privilegió una zona y una cultura, la de Italia. Llegó en tren a Milán en julio de 1927, tenía 30 años de edad y había publicado sus primeros libros de poemas, es decir, era ya un poeta en ascenso que publicaba desde 1921, y era un veterano viajero. Pellicer inicia un itinerario por el mundo no planeado y nada lo detiene. En Milán,

Se imagina huésped de Lodovico Sforza, el Moro, y de su joven esposa Beatriz d'Este, como lo había sido Leonardo da Vinci entre 1482 y 1500. Aunque en realidad Leonardo llegó a Milán cuando tenía alrededor de 30 años, Pellicer le dice "el viejito". Estaría pensando en el presunto autorretrato del artista conservado en Turín.2

Este caminante observa, toma notas, y en la noche trabaja en su escritura no para reproducir el mundo como haría un narrador en un libro de viajes, sino para imaginarlo, y ponerle luz. Ese mismo año va a Siria y escribe el poema "Estudio", fechado en Jafa, 1927, que comienza así:

Los pueblos azules de Siria donde no hay más que miradas y sonrisas. Donde me miraron y miré. Donde me acariciaron y acaricié.

El viaje real o imaginario suele ser por lo común una búsqueda del otro y básicamente de sí mismo. Pellicer no fue la excepción. Como decíamos, Italia fue un sueño del espíritu aventurero y religioso y un capricho del poeta que sintió la necesidad de saciar su sed de arte tomando a Italia como un manantial. Colocó, en una especie de Trinidad ya vista por Clara Bargellini, a tres ciudades: Venecia, Florencia y Asís, como tres "etapas del conocimiento: sensual, inteligente y espiritual".

Marco Polo del trópico, Pellicer tomó a Italia como el centro de una visión humana y religiosa del hombre desde el que podía contemplar el mundo en su vertiginosa carrera hacia la nada; consideró la tierra, la comida, el paisaje, la arquitectura y la pintura como un derroche de imaginación que el hombre del siglo XX debía conocer y asimilar para afianzarse a un mundo de cambios, oscilante. Italia tenía el significado de un regreso a las raíces; de Roma salió el derecho y la justicia, el comercio y la adoración de la belleza. Vivir en territorio italiano era como volver al seno materno en busca de ternura, sabiduría y belleza absoluta. Pellicer parecía necesitado de un poder totalizador, eterno, y sabía que sólo podía hallarlo durante el viaje.

Italia, en sus diferentes momentos y sus distintos paisajes, le sirvió para establecer un diálogo con el pasado y hacer una apuesta por el porvenir. Era un viaje de la imaginación que lo acercó a sus intereses poéticos y estéticos; más que una fuga hacia otro país, hizo una especie de apostolado artístico. Siguiendo el ejemplo de un fraile de los caminos como San Francisco, Pelllicer caminó descalzo, y tratando de imitar a Cristo, en el Cristo que creyó como ser de carne y hueso que ayuda a los demás, protege a los desvalidos y regala amor en nombre de una idea, y logra una revolución. Pellicer llena en ese viaje su sentido de la pasión por el arte y los artistas, su deseo de ser un desterrado, arrojarse al infortunio lejos de su tierra.
 

 
 

Florencia, Padua, Asís y Roma fueron adquiriendo el sentido de una síntesis de la armonía que al mundo convulso de los años veinte tanta falta le hace. Entonces podemos entender el deslumbramiento sufrido por Pellicer ante las ciudades italianas, y empezar a ver a través de sus ojos esos lugares. Desde Roma, el 11 de junio de 1928, escribió:

Lo que yo haya aprovechado artísticamente, en Europa, se lo debo a Italia… Italia me ha regalado un mundo que ya no sé que hacer con él, porque es demasiado intenso y yo también soy demasiado intenso. Italia es como una danza. Es una danza. Una danza maravillosa cuyo ritmo es inagotable e infinitamente variado. Es aquí donde yo he aprendido a bailar una especie de danza eterna que no se me olvidará jamás.4

En Pellicer viajar no es sólo sed de conocimiento de otros paisajes y otras ciudades, sino una necesidad de reinventar un tiempo propio que pasa con rapidez por la mirada, iniciar además el camino de lo imprevisto. En esos años alejarse de México era muy importante y tenía varios significados: olvidar las vicisitudes políticas y sociales, abandonar un ambiente limitado artísticamente, pero de manera fundamental era hacer compatible su visión de la poesía con el mundo de los hombres. Las ciudades se suceden y en cada una el poeta se asombra de las capillas, los museos, las iglesias, las tumbas. Visita la de Dante, en Florencia, y cree estar viendo el año de 1311 en que el autor de la Divina Comedia había sido sepultado.

¿Qué busca Pellicer entre las ruinas de una gran cultura que él siente latir bajo sus pies, brillar ante sus ojos, moverse una vez que sus manos la han tocado? Este viaje lo conocemos gracias a las cartas que el poeta envió a sus amigos mexicanos en París, como Arturo Pani, Guillermo Dávila, o en México a su hermano Juan, y que la inteligencia de Clara Bargellini puso a disposición de los lectores. Pellicer ponía en juego su pasión por escribir y practicar el género epistolar en el que la persona se retrata ante sí y ante el otro que lo va a leer de manera privada. Las cartas son indicios de su ansiedad y su búsqueda de identidad; se desnuda en la intimidad y toca las zonas más elocuentes de su pasado y su vida actual que parece definida por el movimiento; además ofrece una imagen del mundo a través de una escritura en prosa y en verso que lo afianzan a la única patria en la que cree: la de la poesía.

Pellicer le habla desde Italia a su generación, la de Contemporáneos, desgarrada por los estragos de la violencia mexicana, escindida por la herida que ha dejado en Europa la última guerra, y principalmente establece un diálogo con el lector del mañana que será el encargado de reproducir su itinerario como quien busca una estrella. Así, Pellicer confirmaba que su paso por ese país no era pasatiempo, capricho inútil, sino una hazaña de la imaginación y de la poesía.

La luz es todo el drama

Las cartas revelan también el tipo de escritura del poeta, del escritor; son un termómetro que mide su aprendizaje y su experiencia, sus pasiones y sus temores. En el caso de Pellicer, permiten acercarnos a una prosa de imágenes precisas del cielo, de los colores hallados en la naturaleza, del sonido que hace Dios al mover el mundo. Imágenes religiosas, de los colores y de las formas. En una carta desde Venecia, agosto de 1927, Pellicer sostiene un diálogo con el León de San Marcos, la obra de Vittore Carpaccio, y hacia la noche mira la cúpula del cielo y descubre el resplandor de la luna, entonces inicia un texto, como un poema en prosa, en que vemos la muerte y la resurrección de la luz:

La luna se levantaba sobre la Cadena Arábiga y el brillo de la arena, la plenitud del cielo, un extraño grupo de nubes que volaba a gran velocidad rumbo al oriente, la sonoridad del viento en las palmeras, los primeros deslumbramientos del oasis ante la inminencia de la Luna, íntegras a esa hora en que la noche reintegra sobre un hemisferio entero, lo que la violencia o la rapacidad humana destruye durante el día.5

 
 

El viajero se encuentra escudriñando la ciudad de Venecia, camina como desesperado por los puentes, las pequeñas calles, entra a los palacios, las catedrales y las plazas. Casi no puede articular palabras que expliquen la impresión que le provoca esta fiesta de cuadros y de ventanas, de varios siglos de expresión artística en medio del mar. "Tintoretto ha sido para mí toda una revelación y el que no venga a Venecia y lo busque como yo lo he buscado no podrá nunca decir que lo ha visto". Le ha impresionado sobremanera y casi hasta el éxtasis La luz es todo el drama. Cristo ante Pilatos del Tintoretto.

Venecia le parece un carnaval de luz y sombra, de arte religioso y de historia artística y social de la ciudad; reseña el color de sus cielos, el paisaje de las culturas que se han dado cita ahí durante los siglos. Aquel imperio del arte bizantino, medieval, renacentista, le parece una expresión no solamente del hombre, sino un soplo divino. En cada estatua, en cada puerta y en cada palacio, Pellicer ve la mano de Dios. Establece pues una relación entre la perfección del arte y la perfección divina, en la que cree descubrir la luz de la que estuvo impregnado el romanticismo.

Ravena, Padua, Venecia y Florencia. Las ciudades de Italia parecen hablarle al oído en susurro y lo seducen. Pellicer vivía una nueva experiencia a través de un recorrido por lugares que en la imaginación parecen de aire, donde existe una cultura milenaria, sólida y universal. Para entonces era un veterano de las ciudades de América y de Europa, siempre conducido de la mano por José Vasconcelos. Solía decir que "Italia es el país más interesante de la Tierra. Florencia, la ciudad divina del planeta: la he amado, la he gozado, la he admirado, la he respetado. Está en mí".

(Viajero de cien viajes, si no has visto Florencia,
tus puertos, tus ciudades, no valen la cadencia
del perfil florentino. Acaso aquí la Vida
tiene sólo actitudes del alma preferida.
Ésta es la tierra firme)

Según José Gorostiza, su amigo y paisano Carlos Pellicer era una "ventana viajera", abierta al registro de la naturaleza. Era un poeta que escribía con disciplina y constancia; fue fechando sus poemas en cada ciudad que visitaba, a las que además les dedicaba el poema. Ciudades que inspiraban al poeta, que despertaban su pasión por la belleza que no era un destello de su fe inquebrantable. Este poeta de las "cosas bellas" no vio callejones tristes, algunos campos sumidos en la miseria, tampoco se tropezó con inmigrantes, ni con muros despellejados por el tiempo o el descuido de las autoridades. No parece haber tenido ojos para las sombras que suelen permanecer en las orillas de las ciudades por muy ricas que sean en su estilo y en su fisonomía. Y sus estados depresivos, tan comunes en el viajero solo que se enfrenta a otro país, no lo registran sus cartas, sus poemas. Siempre lo vemos a través de una foto fija que muestra su rostro sonriente, satisfecho, feliz. ¿Fue así en realidad Pellicer en todo el recorrido largo por Europa, y en particular durante su estancia en Italia? Es difícil saberlo, pero creo que es obvio que padeció la soledad del caminante, la opresión de otra realidad que asedia el alma de todo turista. Pero no quiso, por timidez, por orgullo de su juventud, o bien debido al espíritu franciscano que lo animaba, manifestar los estados de ánimo sombríos que de seguro lo asediaron.

Según Bargellini, Pellicer salió de Florencia la mañana del 11 de octubre con destino a Asís, la pequeña ciudad santuario que él consideraba "la culminación espiritual de su viaje en Italia". Antes hizo una escala en Arezzo para ver los frescos de Piero della Francesca en la iglesia de San Francisco, y el pueblo nativo de Piero, Sansepolcro, donde vio el cuadro La resurrección. Cabe aclarar que en cada artista plástico Pellicer encontraba una lección estética aplicable a la poesía, una idea que él podía relacionar con su trabajo poético. El crítico de Piero, Berenson, aseveraba que "el genio artístico está en hacer una obra `impersonal', despojada de expresiones y sentimientos particulares por ser éstos pasajeros e incomunicables". El 12 llegó a Perugia, donde se hospedó en la Pensione Rosetta del Corso Vannucci. "Visitó la Universidad para Extranjeros que se acababa de abrir en julio, el Museo Cívico y los frescos del Perugino en el Colegio del Cambio".

Por último, Pellicer llegó a Asís. Estuvo del 17 al 26 de octubre hospedado en el Hotel Giotto. Parecía empeñado en la búsqueda de los rastros de San Francisco, cuyo ejemplo debía seguir; su estancia en esta ciudad fue, por tanto, diferente a la de otras ciudades italianas. En Asís se confiesa, va a misa, comulga. Pellicer intenta purificar su vida. Lee el Evangelio de San Mateo, concretamente los versículos de la renunciación. Le atrae de San Francisco la humildad de espíritu, la pobreza de bienes, y lo llama "Poeta de Asís". En el altar donde oye misa comprende que él es receptivo y sensible al ambiente "en que vive", y que las cosas que lo rodean "ejercen un gobierno inmediato que se resuelve en religión, en poesía y algunas veces en pecado". La poesía de Pellicer parece contagiada de naturaleza virgen, de cristianismo reflexivo y puro, y aproximación de los sentidos a Dios. En carta dirigida a Guillermo Dávila en París, dice que "Acaso también por los sentidos se pueda llegar a Dios".

Pellicer no se hace franciscano en Asís; va allá a la confirmación de su tesis sobre San Francisco, al que considera un hombre de su tiempo, un propagador del comunismo antes de Marx. Cinco años antes de la visita a Asís, el poeta había escrito:

Porque mi América y el comunismo de Francisco de Asís, revolvieron en el vaso de mi abismo mi principio y mi fin.

Es un poema de Piedra de sacrificios. Ahora en Asís corrobora aquella idea, la expande, la hace suya. Dice en su carta, "Asís ha sido para mí un campo de revelaciones. La dulzura y la poesía del frate han secado mis heridas y me han dado fuerzas desconocidas". Y enseguida habla de la Umbria como de la gloria, una tierra bella e inigualable, y el valle de Spoleto "es uno de los sitios más bellos del mundo. En el fondo del valle está Asís sobre uno de los espolones del monte Subásio". El viajero encontró ahí cierta paz con el mundo y consigo mismo, y una luz extraña de tan nítida. Dice que en Asís "No hay perspectivas mórbidas como en Florencia ni la luz es tan diáfana. El sol brilla pero sin exceso. Los olivares son viejos y abundantes; viñedos y cereales. Algunos cipreses. La tierra es oscura y fecunda".
 

 
 
   

Pellicer cumplía su itinerario italiano y también un ciclo de su juventud; el viaje parece una circunferencia en la que los años juveniles giran y dan paso a la edad adulta. Lo mismo sucede con su poesía, va del verso suelto y libre que estremece por su impulso y su verdad, al verso mesurado que ofrece una imagen de los contrastes físicos y espirituales de la naturaleza, manifiesta en cada acto del hombre la presencia de Dios, revela el abismo en que cae el hombre del siglo xx, tan cerca del olvido y tan lejos de la comunidad. Mira que el hombre ha construido un laberinto de ciencia y tecnología. Cuando le anuncia en una carta a su hermano Juan7 el libro en preparación, habla del último libro "de una época de materialismo verbal, primera juventud de mi poesía que está terminando ya como mi primera juventud". Lo llama un "torrente de imágenes".

Desde Roma, Pellicer analiza y de alguna manera evalúa su obra; se declara adscrito a la tradición, un poco enemigo de las vanguardias europeas. "Nada o casi nada le debo a las novedades literarias europeas". Parece empeñado en respetar el verso tradicional, tan sólo liberándolo a menudo "de la esclavitud del consonante". No quiere escribir poesía de cara a la realidad social, sino que aspira a la sensualidad, el ritmo y la riqueza. ¿Qué encontró en Italia? Seguramente el humanismo que buscaba con avidez en la pintura del Renacimiento. Tocado por el estro de la poesía, le cantó a los grandes hombres renacentistas y su verso se enriqueció notable y sensiblemente. Dijo que había recorrido Italia de norte a sur. Su escritura se alimentó poderosamente de sus viajes que le permitieron traspasar las barreras del color local, de un México que era provinciano, disperso y violento en los años posteriores a la revolución mexicana.

Sólo resta recordar que en su temprana juventud Pellicer había viajado a la América del Sur y Estados Unidos muchas veces en compañía de su maestro y amigo José Vasconcelos. Quería unir a la "raza de bronce" en una sola alma y entonces crear una cultura latina, semejante a la de Roma, a la española, pero diferente y como contrapartida a la civilización anglosajona. Este mismo impulso parece florecer en él durante su estancia en Italia. Su misión era dar, descubrir el espíritu del país, escuchar sus ecos históricos y sus latidos artísticos. Seguir la huella de Dante, de Leonardo, del Veronés, y de tantos creadores italianos que lo conmovieron hasta la iluminación.

La ruta de este viajero incansable nos lleva al encuentro con su poesía religiosa, su verso civil, su visión del hombre, de Dios, de la libertad, de la naturaleza, del arte y de los colores, los motivos y los grandes ejes de su producción poética. Esa visión se palpa en estos versos de "Elegía", fechado en Roma-Capri-Taormina, 1927:

Porque mi vida es una despedida,
un partir sin cesar, un hecho roto
de prisa, la actitud de lo remoto
nubla mi voz de reavivar la herida.•



Notas

1 Véase Guillermo Sheridan, José Gorostiza/Carlos Pellicer. Correspondencia 1918-1928, México, Ediciones del Equilibrista, 1993, pp. 131-132.
2 Carlos Pellicer, Cartas desde Italia, edición, presentación y notas de Clara Bargellini, México, Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 13.
3 Carlos Pellicer, Obras. Poesía, edición de Luis Mario Schneider, segunda edición, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, pp. 186-187.
4 Bargellini, op. cit., p. 105.
5 Ibid., p. 35. 6 Citado en Bargellini, op. cit., p. 89.
 7 Carta fechada en Roma el 11 de junio, 1928, en Bargellini, op. cit., pp. 104-107.

 

*Álvaro Ruiz Abreu es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Es doctor en filología española por la Universidad Complutense de Madrid. Integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte (1994-2001). Ha escrito crítica, ensayo, biografía, crónica y novela. Entre sus libros destacan José Revueltas. Los muros de la utopía (1992), La ceiba en llamas. Biografía de José Carlos Becerra (1996) y Ciudad pintada en la ventana (1997).