O'GORMAN DIBUJANTE


*Víctor Jiménez
Juan O'Gorman explica en su autobiografía que desde pequeño comenzó a rayonear las paredes de su casa, lo que no preocupó en absoluto a su querida abuela, quien ordenó que se pegaran en las paredes unos grandes papeles que protegerían la pintura de los muros, sin frustrar las incipientes aspiraciones artísticas de su nieto.

A lo largo de los años siguientes, aún en su juventud, O'Gorman habría de oscilar entre la pintura y la arquitectura. Su vida entera será, más tarde, un ir y venir del arquitecto al pintor y viceversa, o, incluso, una conciliación de ambas vocaciones, como ocurre en su obra más reconocida nacional e internacionalmente: la Biblioteca de la Ciudad Universitaria.

   
 
   
 
No es por todo ello excesivo intentar ver sus dibujos arquitectónicos de los años treinta como una expresión peculiar de su sensibilidad pictórica. Y esto se vuelve notable en las perspectivas que integran la colección de la Universidad Autónoma Metropolitana. Hay en estos dibujos muchos de los códigos empleados por los arquitectos en trabajos similares de la época: trazos a lápiz con regla (la excepción en esta colección es el par de perspectivas a pluma y mano alzada de la casa del astrónomo Luis Enrique Erro, y la perspectiva coloreada del edificio de Lupe Marín), pero aparece una constante no siempre presente en los dibujos de la época: un gris extendido sobre la superficie de los volúmenes arquitectónicos que tiende a subrayar la tridimensionalidad de lo representado. Se trata del sombreado que recorta y proyecta sombras acostumbrado en la geometría descriptiva y que era enseñado a los arquitectos de la generación de O'Gorman, que se convierte en un tratamiento más abiertamente pictórico que supone el anterior, pero revela también una mano acostumbrada a dibujar volúmenes de la naturaleza, como el cuerpo humano.
   
 
 
   
 

Juan O'Gorman fue un extraordinario dibujante con el lápiz, y ahí está el retrato de 1955 de Ana María Cetto, hija de su compadre Max, para demostrarlo, o su autorretrato de 1949, entre muchos otros. El sombreado en estos dibujos es el indispensable, el efecto tridimensional el máximo. Frente a los arquitectónicos estos dibujos poseen una mayor sensualidad, como es lógico, pero la visión del volumen es la misma.

La arquitectura de la primera época de O'Gorman, a la que pertenecen todos los dibujos de la colección de la Universidad Autónoma Metropolitana, es conocida con el nombre de "funcionalista". Esto vendría a equivaler, si de sus formas nos ocupamos, a una adaptación del cubismo a la arquitectura. Todo parece, en efecto, reducirse a cubos, o mejor dicho paralelepípedos, con el agregado de cilindros, semiesferas, cañones parabólicos (como en el proyecto de la sede de la CTM) y rampas oblicuas de escaleras. Las perforaciones de puertas y ventanas obedecen a decisiones que dicta la nueva idea rectora, la función, y a veces desmaterializan estos volúmenes. El aspecto resultante evoca, a veces, una pieza de maquinaria. 

   
 
 
   
 
Se trata de las primeras lecciones de gramática de una arquitectura recién inventada, que aún debe encontrar su vocabulario. Pero en estos breves años, de fines de la década de 1920 a principios de la de 1930, parece que asistiéramos en O'Gorman a la creación de los fundamentos mismos del nuevo lenguaje. Si avanzamos de sus volúmenes a la justificación de los mismos como piezas de una obra de arquitectura, sorprenden los esbeltos pilares, pero más aún las plantas bajas vacías (de acuerdo con lo que exigía Le Corbusier), porque la idea rectora era entonces, para O'Gorman, la economía, y estos espacios generosamente inutilizados no sugerían esta preocupación.

Era difícil, si la preocupación rectora de O'Gorman en estos años era la de conseguir el mínimo costo, que pudiese producir, con los materiales y técnicas de la época, una mayor variación de formas de la que vemos en su producción. Llegó a quejarse en estos años de que estaba por aparecer un nuevo academicismo, entendido como una repetición de fórmulas, y decide retirarse de la arquitectura a mediados de la década de 1930. Cuando regrese a este oficio, tres lustros después, tendrá detrás una intensa trayectoria como pintor, y por ende un nuevo punto de partida para expresarse como arquitecto: de la objetividad de su primera época pasará a la más intensa subjetividad que arquitecto mexicano alguno hubiese intentado hasta entonces.

*Víctor Jiménez es arquitecto por la UNAM. Fue director de Arquitectura del INBA de 1983 a 1988. En la actualidad realiza investigaciones sobre la obra fotográfica de Juan Rulfo.