El sueño que despierta
*Ricardo Venegas 
Si creen que voy a decir que imagino una puerta y salgo por ella hacia otros reinos, lo lamento.

 
Juan Manuel Roca

 Asegura Pierre Reverdy que "cuando se le reprocha a la poesía actual sus innovaciones, que chocan y producen escándalo, es que ella obedece simplemente a las exigencias de su función, ya que lo que vive debe renovarse para seguir viviendo, y todo lo que no se renueva perece". Ésta fue la respuesta del creacionista a quienes sostuvieron que la poesía debía regirse por cánones erosionados, "respetar las reglas" para dar continuidad a un modelo rebasado. Pero esa libertad sólo se alcanza bajo el sometimiento a leyes, la verdadera libertad en poetas como Rimbaud o Mallarmé sólo fue posible por el conocimiento de la norma, romperla fue su añadidura. En la poesía de José Ángel Leyva (Durango, 1958) puede observarse el gran respeto de un poeta por su idioma, pero también la meditación en cada línea, dominio de "emoción desapasionada" (Villaurrutia, SIC), testigo que abarca en la presencia el brote del poema, tratamiento escaso en nuestra bitácora poética. El espinazo del diablo (1998) es un poemario en el que Leyva transfigura los mundos para crear un universo en el que sea posible redimir el eco de la vivencia transformada en poesía, sobre todo ese territorio de la infancia que a todo hombre se le presenta como fundacional. Aquí comprobamos que el poeta es la suma de los tiempos: pasado, presente y futuro habitan al unísono:
Hay un espacio tan lleno de vacío
donde mi voz no es voz sino eco
el puro cascarón del ruido
la marca de un pie que no me calza

He deseado regresar y ya no existe
la región donde dejé de ser 
el territorio
por mí deshabitado.


La poesía de Leyva evoca a Octavio Paz cuando dice que "lo maravilloso no se hereda, se conquista", convence de que nada es imposible y que por tanto ningún poeta debería mostrar sus limitaciones: la poesía no las tiene.

Quiero llegar a la poiesis que encierra la convicción por la poesía. Escribir, que es sinónimo de dar, sin esperar el aplauso o la regalía, un esfuerzo que culmina en el estante con un guiño de ojos al lector que dice: léeme: aunque no soy el camino, la verdad y la vida hay puertas que se abren, como las de la percepción de William Blake. La poesía de El espinazo del diablo se encuentra a sí misma en el uso de un ritmo que nos lleva de la mano, en el adjetivo usado con precisión (recordemos con Huidobro que "el adjetivo cuando no da vida, mata"), imágenes contundentes que sugieren la repetición de un viaje en el que uno puede acompañarse del autor; el poeta ha salido de la noche de la infancia para revelarnos en el capítulo "Duranguraños" sus hallazgos:

Tu corazón despertador
suena a las cuatro
Enciende la luz
Abre la fuente
de sombras alternas
borbotean
corren
suenan a cascajo
en el drenaje profundo
del oído
Mientras la sed
maldita sea
nos recuerda
que somos
el salto
mágico del agua.
Aunque el poeta no es quien ofrenda definiciones de su arte, "el animal metafísico cargado de congojas" (otra vez Huidobro) debe olvidar su nombre para ser un medio en el que confluyan significados en varios planos. Hablamos de polisemia cuando los alude; esto me recuerda las palabras de Olga Orozco cuando dice que una definición de la poesía es anacrónica porque ésta, al enunciarla, ya cambió, está en constante movimiento. Releí en varias ocasiones los poemas de otro libro de este poeta titulado Entresueños (Premio Nacional Olga Arias, 1990, Durango), en un poema titulado "Pesadez", dice:
Si caigo de sueño
no dejen que me duerma
pero si caigo dormido
cuando esté soñando
no permitan que algo
me despierte.
En el capítulo "Los versos del guerrero" de El espinazo del diablo encontré otro:
El colibrí no existe
es un presentimiento
sordo aleteo
donde nadie es mañana
donde otra vez se nace.
La vigilia y el sueño se funden en una suerte de unidad que abarca la vida misma; pero analizar y explicar la poesía deja mucho que desear, es más, no deja ningún deseo.
 
 
 
 
   
Poeta, ensayista, editor, periodista, alguna vez médico (como Elías Nandino, Enrique González Martínez o el ultraísta Salvador Gallardo), explorador y cazador de los poetas y su trabajo mediante el género de la entrevista, miembro fundador y codirector de la revista Alforja (de la Fraternidad Universal de los Poetas), José Ángel Leyva forma parte de una generación (la de los cincuenta) vinculada, si no por su diversidad, sí por la coincidencia diacrónica y sincrónica, es decir, por el tiempo y el espacio que reúne a los poetas que hoy representan el mapa de nuestra actual poesía mexicana.

Hace algunos meses tuve oportunidad de constatar en el X Festival Internacional de Poesía de Bogotá, Colombia, la calidad de la obra de Leyva junto con la de algunos poetas latinoamericanos. El espinazo del diablo contiene la brújula de quien apuesta: "Quizás alguna mañana la humanidad sea iluminada por la fuerza de la poesía y reconozca la demencia del mundo, la estupidez que domina sus actos. Algún día la palabra nombrará la realidad de los sueños".

José Ángel Leyva, El espinazo del diablo, México, Conaculta/H. Ayuntamiento de Durango (Letras), 1998, 144 pp.

*Ricardo Venegas (San Luis Potosí, 1973) estudió letras hispánicas en la unam. Es autor de El silencio está solo (1994), Destierros de la voz (1995), Signos celestes (1995) y Escribir para seguir viviendo (2000), este último de entrevistas con Ricardo Garibay. Fue becario del Instituto de Cultura de Morelos (1997-1998). En la actualidad dirige la revista Mala Vida, Mester de Junglaría (Beca Nacional "Edmundo Valadés" para la Edición de Revistas Independientes 1996-1997 y 1997-1998).